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EPBCN - Textos para pensar
Con frecuencia recibimos en nuestras consultas parejas que,
aparentemente, vienen a resolver si seguir juntos o separarse. Digo "aparentemente"
porque muchas veces vienen, después de varios años de convivencia,
a decidir si empiezan a conocerse o siguen igual, si es que los dos aceptan
y/o soportan seguir igual.
La puesta en escena del drama difiere en cada caso. A veces, hastiados de discutir
sin que la discusión llegue a producir un cambio en la situación
que están viviendo, agotados del enquistamiento de las posiciones, deciden
darse una última oportunidad y piden cita.
Otras veces, uno de los dos viene ya sentado en el banquillo de los acusados
y en la consulta se enfrenta –una vez más- a los sólidos argumentos
que expone con severidad el fiscal. Ambos, reo y fiscal tratando de que el analista
disfrace su escucha con la imparcialidad que se supone a la toga de un juez
que debería dar o quitar razones, adjudicar culpabilidades y absoluciones.
En otras oportunidades llegan hartos, airados entre si, cargados de desconfianza,
plenos de odio, con ganas de denunciar y muy pocos deseos de denunciarse, enrocado
cada uno en sus palabras, disparando frases envenenadas, a veces repetidas y
otras producto de la posibilidad de hablar ante un testigo desinteresado, quiero
decir un testigo que, ante las historias que le cuentan, no tiene más
interés que cumplir con su función de psicoanalista.
Estas breves pinceladas sirven para señalar el escenario en el cual otros
actores ausentes de la consulta –los hijos- alcanzan un protagonismo que, seguramente
no han buscado. Cuando los argumentos se agotan, cuando la violencia le gana
la partida a las palabras, los hijos se convierten en rehenes, en armas arrojadizas,
en mercancías para un intercambio.
No es verdad que una separación, un divorcio, tenga por sí mismo
un efecto perjudicial para los hijos de esa pareja. Quizá podríamos
decir que el tipo de relación que los padres de esos hijos mantengan
(estén juntos o separados), entre ellos y con los hijos, sí puede
tener influencia en su crecimiento. Si el niño ve invadida su cabeza
por los problemas, las peleas y las discusiones de sus padres, no le quedará
mucha cabeza para sus estudios, sus investigaciones ni para plantearse los enigmas
propios de su edad. El daño es doble, por un lado no está en condiciones
de comprender ni resolver los problemas de sus padres, lo que puede hacerlo
sentir culpable y por otro lado, verá perturbado su crecimiento.
"¡Tu padre es un dictador!" le dice la madre al niño. "¡Tu
madre es una loca!" le dice el padre al mismo niño. Señora:
Ud. no puede saber cómo es el padre para ese niño, el dictador
será, en todo caso, su marido. Señor: Por las mismas razones,
la loca será, en todo caso, su mujer.
Emilio González |