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EPBCN - Textos para pensar
¿Qué deben estudiar nuestros hijos? Es una pregunta
que se hacen en este momento todos los padres con respecto a sus hijos e hijas.
Han desaparecido los empleos de por vida, la palabra "eventual" ha
establecido relaciones conyugales con la palabra "trabajo", los avances
en telecomunicaciones permiten concebir a las empresas una drástica reducción
en sus establecimientos en la medida en que muchos de sus empleados podrían
realizar su trabajo en casa. Estos y tantos otros cambios que se avecinan, marcan
una época que invita a hacerse la pregunta que inicia este artículo.
Estamos inmersos en una serie de opciones a cuál más atractiva
y que cuenta en la mayoría de los casos con sólidas argumentaciones
en favor de su elección. Cómo negar la necesidad imperiosa de
estudiar Inglés, un idioma en el que se resuelven la mayoría de
las relaciones comerciales y económicas en los ámbitos internacionales
y que domina las redes no menos invisibles que reales de Internet. Y quién
se anima a decir sólo una palabra en contra de estudiar Informática,
no solamente por las ya mencionadas redes, sino porque se trata de una herramienta
que se ha vuelto en poco tiempo imprescindible en todo tipo de procesos laborales,
educativos, de gobierno, etc. Y dado que somos europeos, por qué no estudiar
también alemán. Y contabilidad. Y piano. Y karate. Y así
sucesivamente.
El problema de qué estudiar, de cómo formarse para enfrentar la
vida parece así pasar por los contenidos. Pero las cosas no son tan sencillas.
Quiero decir que si sólo se tratara de los contenidos de las materias
necesarias para la formación en la infancia y la juventud, no tendrían
lugar síntomas sociales tan extendidos como el llamado "fracaso
escolar".
Pero la educación, el aprendizaje, la formación en general, si
bien necesitan de unos programas donde figuren las principales temáticas
de las diferentes áreas del saber, nada serían sin el deseo de
saber que es una hijuela sublimada de la pulsión de dominio y de la curiosidad
sexual como pasión dominante en la infancia.
Si el maestro, la maestra, el padre, la madre nunca son vistos con un libro
entre las manos, si nunca se les descubre interés por saber algo que
desconocen ni reconocen algún error, si circulan por la vida y las relaciones
como si crecer no fuera con ellos, en una palabra, si no hay transmisión
del deseo de saber, creo que podrían ahorrarse unas cuantas matrículas.
Aunque, evidentemente, soy partidario de que nuestros hijos se formen y lo mejor
posible. Sólo estaba intentando plantear el problema en sus justos términos.
El porcentaje de maestros y maestras que señalan en los alumnos una falta
de motivación y los que se acusan de la misma falta, sumados, debe ser
similar al porcentaje del llamado fracaso escolar. Y aunque no pretendo establecer
entre estos dos hechos una relación de causalidad, sí creo que
la coincidencia entre estos dos hechos merece ser estudiada.
El deseo de saber es una de las pocas opciones de libertad en el mundo que nos
ha tocado vivir. No hay deseo sin producción, ni producción sin
deseo. Y si Ud. siente no tener deseo de saber, no se preocupe, el deseo de
saber no es genético, se produce.
Emilio González |