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EPBCN - Textos para pensar
Me van a permitir, queridos lectores, que aproveche este espacio
dedicado a la SALUD para reflexionar acerca de ciertas cuestiones generales
sobre la salud psíquica glosando un artículo de Freud de 1915,
publicado en 1916, cuyo título es el que encabeza estas líneas,
en el que discursea sobre las diferentes actitudes que los humanos adoptamos
frente al destino de perecer que se cierne sobre todo lo humano, incluyendo
en ello todo lo que sirve al humano disfrute, como la naturaleza y los avances
tecnológicos.
Sabemos que esta preocupación por el carácter perecedero de
lo bello y perfecto puede originar dos tendencias psíquicas distintas.
Una conduce a un amargado hastío del mundo, la otra a la rebeldía
contra esa pretendida fatalidad. No puedo decidirme a refutar la generalidad
de lo perecedero, ni a imponer una excepción para lo bello y lo perfecto.
En cambio, sí puedo negar que el carácter perecedero de lo bello
involucre su desvalorización. Por el contrario, ¡es un incremento de
su valor! Implica un valor de rareza en el tiempo; las limitadas posibilidades
de gozarlo lo tornan más precioso. ¿Por qué la caducidad debe,
necesariamente, enturbiar el goce. Una flor no nos parece menos espléndida
porque sus pétalos sólo estén lozanos durante una noche.
Hastío como el que en las mañanas hace pesado nuestro cuerpo
bordeando la angustia, o rebeldía modelada con el único fin de
evitar el hastío. Pero ¿de dónde procede el poderoso factor afectivo
que engendra estas actitudes, tan improductivas una como la otra?
Sin duda, la rebelión psíquica contra la aflicción,
contra el duelo por algo perdido (un ser querido, un trabajo, un ideal), debe
haberles malogrado el goce de lo bello. Como el hombre se aparta instintivamente
de todo lo doloroso, estas personas sintieron inhibido el goce de lo bello,
por la idea de su índole perecedera.
Es decir que el hastío y la rebeldía son patrimonio de ese
vago que prefiere no despertar que es el ser humano. Actitudes que permiten
al vago eludir el trabajo de duelo, tan necesario si tenemos en cuenta que la
vida humana es una secuencia de separaciones (de nuestra madre, de nuestros
padres, de nuestra novia, del colegio, de la universidad, del barrio, del pueblo,
del país, de nuestros hijos y al final, de nuestra propia vida), y que
eludiendo dicho trabajo, dejamos que dos nefastas ilusiones gobiernen nuestro
andar en este mundo. Una es volver -a la famosa infancia dorada,
donde habríamos sido felices sin medida- y la otra es llegar –a
la cima que merecíamos desde siempre–.
Algo nos ocurre, sobreviene una pérdida, nos sorprende una muerte cercana
a nuestro amor, un amante nos abandona. Puedo hacer como si nada hubiera pasado,
ponerle un plato al muerto todas las noches para la cena y conseguir –eufórico-
veinte amantes en una semana. Puedo, también trabajar el duelo, renunciar
a lo perdido, hacerme mortal aceptando que si no renuncio a lo perdido es porque
no soporto enterarme de que alguna vez seré lo perdido. Y hacerse mortal
no es ninguna comprensión intelectual ni algo al alcance de la razón.
Si me aparto presuroso de aquello que deseo y que me hace disfrutar y en cambio
permanezco quejosamente aferrado a aquello que sólo me proporciona amargura,
está claro, aunque grite por las calles que soy mortal, vivo como si
fuera eterno.
Una vez que hayamos renunciado a lo perdido y siempre que aún seamos
lo suficientemente jóvenes (tener la edad que se tiene), nuestra libido
(nuestros afectos) quedará en libertad de sustituir los objetos perdidos
por otros nuevos, tanto o más valiosos que aquellos. Cabe esperar que
sucederá otro tanto con las pérdidas de esta guerra. Una vez superado
el duelo, se advertirá que nuestra elevada estima de los bienes culturales
no ha sufrido menoscabo por la experiencia de su fragilidad. Volveremos a construir
todo lo que la guerra ha destruido, quizá en terreno más firme
y con mayor perennidad.
Freud se refiere a la I Guerra Mundial, pero lo dicho sirve para todas las
guerras, también las cotidianas. Hasta la próxima.
Emilio González |