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EPBCN - Textos para pensar
Estoy dando una charla en Melilla enmarcada en un
curso de SALUD LABORAL, que en uno de sus puntos versaba sobre la importancia
de los colectivos de trabajadores en cuanto a las condiciones de salud ambiental
y laboral. Fueron dos días, seis horas cada día, tres por
la mañana y tres por la tarde.
Estoy hablando sobre los olvidos, los actos fallidos, las pérdidas y
los errores en medio de la trama grupal de los equipos de trabajo. Entre los
veinte participantes se podían encontrar casi todas las jerarquías
del Ministerio de Educación y Cultura en esa ciudad de casi 70.000 habitantes.
En ese contexto se me escapa la palabra "significante" y de inmediato
me interrumpen para preguntarme qué es eso.
Les cuento una versión abreviada de la "Carta Robada" de Edgar
Allan Poe y les explico que esa carta que atraviesa todo el drama, en realidad
produce el drama; esa carta, ciega de sí, genera -en su circulación-
cambios de posición de los protagonistas del drama y esa carta llega
al final del movimiento, desconocida en su contenido.
Ninguno de todos los afectados por su circulación dice nada de su contenido,
pero es indudable que tener la carta, desear imperiosamente su posesión
e ignorarla son lugares vacíos por los que, al conjuro de la carta,
distintos personajes asumen esos lugares y bailan la pieza que les toca bailar.
En este punto les digo que además, la carta está escondida a la
vista, que quiere decir que la vista no la ve. Por eso la descubre el "padre
literario" de Sherlock Holmes –Dupin- quien no busca verla, sino que se
deja llevar hasta que la carta lo mira.
En esas estaba cuando se me ocurrió – y así se los comuniqué-
que en esos días que estaba pasando con ellos en Melilla estaba preocupado
por una carta muy importante para mí que se había perdido en fechas
recientes y por el momento no había podido dar con ella.
Y bromeo con ellos de que, seguramente, la tendré en un bolsillo o en
mi agenda, escondida a la vista.
Ya de vuelta en mi consulta en Madrid, me pongo a darle vueltas a la famosa
carta y consigo recordar que hace unos días, sentado en el mismo sitio,
mirando al helecho como ahora, mientras atardecía y después de
haber traspapelado la carta tres veces en ese día y haberla hallado otras
tantas, me dije: "esta carta la tienes que llevar contigo".
Revisé el bolso que me acompaña a todos lados, me entretuve pensando
que, según parece, no se puede olvidar todo, hay un fracaso, un triunfo
siempre escaso del olvido. Y tampoco se puede recordar todo, otra vez fracaso,
triunfo a medias.
Por fin cogí mi agenda y en su solapa (casi diría: en su sitio),
la carta me miraba extrañada y parecía decirme: "¿por qué
me buscabas en lugar de encontrarme?".
Lo que venía a confirmar una vez más es que no hay lugar en el
mundo, en la realidad del mundo, para esconder nada o, lo que es lo mismo, lo
que perdemos, lo perdemos en nuestra memoria, pulsional, imperfecta, maquinal
sin mecánica, certera como Ello la quiere.
Emilio González |