Espacio Psicoanalítico de Barcelona   Alcances de la sexualidad

EPBCN - Textos para pensar

Sólo aquel en nosotros que se oculte tras un velo moral corrupto puede ofenderse ante la afirmación del Psicoanálisis de que por ser hablantes somos sexuados y mortales, desde que nacemos al lenguaje hasta que un epitafio dice por nosotros cuando ya nosotros no podemos decir.

Poner la sexualidad al servicio exclusivo de la reproducción –aparte de confundir sexualidad con genitalidad- es una de las formas más ominosas de control social, aquella que se realiza mediante el control sexual de los ciudadanos, en especial de los pequeños ciudadanos y de los ciudadanos más viejos. A los que no son niños ni muy mayores se los controla proponiendo la monogamia como modelo de sexualidad, cuando sólo es una forma de organización social.

Refiriéndome a los pequeños me gustaría –sin establecer ningún tipo de causalidad directa- llamar la atención de la llamativa coincidencia entre el insidioso no reconocimiento de la sexualidad infantil y el auge de la pornografía infantil y la pederastía militante que ha venido a estallar en conjuntos eclesiásticos entretejidos en sociedades tan avanzadas como beatas. Y sexualidad infantil no es –aunque quizás también- las cochinadas con la primita en aquella siesta de verano, sino todo lo que hoy en mí se opone a reconocer las diferencias sexuales, a encarnar mi condición mortal y a llegar a ser el que soy.

En cuanto a los viejos, el problema del no reconocimiento de su sexualidad, me gustaría dejarlo planteado acudiendo a dos escenas que paso a relatarles.

En una, el periodista avispado le pregunta a Rafael Alberti a sus 88 años, si él todavía hacía el amor. Alberti lo miró con la ternura con la que se puede mirar "la peluda cabezota idílica" de un asno como Platero y le respondió con una pregunta respondona: ¿Usted se refiere al movimiento? Y giró la cabeza hacia una bella joven que lo miraba arrobada y le pidió que continuara leyéndole sus poemas inéditos (en ese momento el poeta estaba preparando su próximo libro).

La otra escena es la denuncia más dramática que se puede producir sobre este tema. Un hombre de 82 años mata a su esposa de 81, en su habitación de una residencia de ancianos, de varias puñaladas, a las cuatro de la madrugada del 19 de enero. El matador y la muerta habían contraído matrimonio cinco días antes, el 14 de enero. El la acusaba de permitir que otro hombre entrara en la estancia matrimonial y unos días antes le había destrozado el móvil porque no quería que hablara con nadie si él no estaba presente. Tengo que decir que todo asesinato, sea bélico o guiado por un estallido emocional, me parece execrable. Traigo esta escena porque muestra muy a las claras que para el deseo, para el goce, para los celos, para los crímenes pasionales, no hay edad. Envejece el órgano, no la función.

Aceptando esto, una mujer que –aún sin saberlo- viva de acuerdo a la moral que dice que la sexualidad es solo un instrumento al servicio exclusivo de la reproducción, vivirá la menopausia como el final de su vida útil, verá por delante un páramo donde el sentido de su vida ha desaparecido. De aquí a una depresión, a una ansiedad desbordada o a preocupaciones angustiosas sobre supuestas enfermedades corporales, hay un paso.

Si, por el contrario, su vida responde a pensamientos que colocan a la sexualidad más cerca de las palabras que de los órganos de la reproducción, seguramente podrá disfrutar de la insidiosa dicha de envejecer. Hasta la muerte, aprendiendo a vivir.

Emilio González


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Última modificación: 17/11/05 a las 15:58
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