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EPBCN - Textos para pensar
Generalmente estamos acostumbrados a referirnos
a los celos como una de las razones por las cuales hombres y mujeres pueden
llegar a entrar en crisis e incluso llegar a estropear sus vidas en una dolorosa
espesura de sospechas, promesas, vigilancias, juramentos y desconfianzas.
Hace tiempo tuve oportunidad de atender a una pareja formada por un médico
y una economista que ocupaba un puesto de responsabilidad en una entidad bancaria.
Él no podía ir a reuniones y cenas con sus compañeros y
compañeras del Servicio en el que trabajaba y cuando iba, durante el
desarrollo de la reunión recibía cuatro o cinco llamadas de ella
en su móvil, cuando no ocurría que ella se presentaba en el lugar
del encuentro, de manera que él siempre estaba incómodo y avergonzado.
Ella, tras sucesivas bajas laborales por depresión, consiguió
la baja definitiva, es decir, consiguió tiempo libre para desarrollar
sus fantasías acerca de cómo "la otra" gozaba con su
marido como ella nunca lo había hecho y para redoblar y refinar sus sistemas
de vigilancia y sus estrategias de acecho. De nada valían las sucesivas
comprobaciones de la falsedad de sus ideas, es más, cada vez que quedaba
demostrado que sus sospechas eran infundadas y tras un momento de alivio, comenzaba
a pensar que esta vez las coartadas de él habían funcionado, pero
que ya lo cazaría la próxima.
Debo decir que los celos son un sentimiento normal, el primer sentimiento social,
en tanto que es lo que sentimos por primera vez cuando nos damos cuenta de que
no estamos solos con nuestra madre y más adelante cuando comprendemos
que antes de nacer había mundo y que no somos imprescindibles, a tal
punto que después de nuestra muerte seguirá habiendo mundo. Quiero
decir que puede producir tantos trastornos- como vimos en renglones anteriores-
el desarrollo delirante de los celos, como la creencia de que no existe ese
sentimiento en nuestra pareja. Veamos un ejemplo de esto.
Pide hora un hombre para consultar sobre un problema de pareja; acude sólo
a decir que después de diez años de felicidad matrimonial, un
buen día su mujer le había dicho que aquello no podía continuar
así, que no había amor ni deseo y que ella se estaba secando por
dentro. Él se manifiesta sorprendido y busca en mí una complicidad
en su idea de que su mujer estaba mentalmente trastornada, cosa que no consigue.
Tras dos entrevistas de pareja y algunas con cada uno de ellos, vemos que el
amor y el deseo habían sido suplantados por la costumbre y la necesidad.
La incertidumbre, que es la pieza fundamental de todas las relaciones humanas,
había sido abolida al precio de ir "secando" el vínculo
que los unía.
Ninguno de los dos había experimentado celos en esos diez años,
es decir, que ambos estaban seguros del otro, cada uno de ellos "tenía"
al otro, no había nada que imaginar, ningún esfuerzo que hacer
para ganarse al otro, ya lo tenía y ¿cómo desear algo que ya tengo?
Emilio González |