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EPBCN - Textos para pensar
Es más difícil desentrañar un prejuicio
que un átomo.
ALBERT EINSTEIN
No hace mucho tiempo que la Educación Sexual ha sido –de una u otra manera– incluida en los programas de estudios de nuestros niños y jóvenes. Y no será este psicoanalista quien niegue el avance que este paso ha significado para poner sobre la mesa temas, hasta ese momento, amenazados por los fuegos del infierno, perseguidos por las tijeras de un censor u ocultos entre los pliegues de alguna perversa beatitud.
La importancia de este paso radica fundamentalmente en que muchos de estos temas sexuales han comenzado a circular, se habla de ellos, es decir, ya no precisan ser sancionados por las vías exclusivas del ocultamiento o de la prohibición, a la manera de un padre o una madre desmemoriados respecto de los juegos y curiosidades sexuales de su propia infancia, opinando –aunque no lo sepan- que la sexualidad de sus hijos comienza en la pubertad.
En general la sexualidad se halla recluida al servicio de la reproducción, prohibiéndose ponerla al servicio del placer y pensar en ello, lo cual conlleva un deterioro individual y de la comunidad humana, pues no se puede reprimir pensar en algo sin reprimir el pensar.
Sin embargo, debemos reconocer que poco queda de las ambiciosas metas de la pretendida Educación Sexual, cuando se realiza, como suele ocurrir, a través de la información y la publicidad; más aún cuando esa información la imparte quien lejos de vivir su sexualidad, malvive de sus prejuicios acerca de la sexualidad.
Cuando se da esta circunstancia –en la mayoría de los casos- no tenemos más remedio que evocar a aquellos esforzados misioneros que entraban en contacto con tribus primitivas a cuyos habitantes explicaban las verdades eternas del cristianismo ante el asentimiento sumiso de los “salvajes”. No obstante la obediencia mostrada en presencia del misionero, en cuanto éste se iba, seguían adorando a sus antiguos ídolos.
Quiero decir, que las cuestiones sexuales transmitidas en términos de información, son letra muerta para nuestro psiquismo inconsciente, que es donde nuestra sexualidad se procesa.
Por eso, gastar miles de millones de cualquier moneda en aplicar programas de información y campañas de publicidad se nos revela como un gasto inútil, si la información no queda incluida en el más poderoso instrumento de transformación de prejuicios y modelos ideológicos, quiero decir, un tiempo de procesamiento grupal donde cada sujeto se implique en la información recibida y pueda pensarla con sus propias palabras y desde el punto en el que se encuentre su particular investigación sexual, siempre inconsciente, vital, inacabada.
Emilio González |