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EPBCN - Textos para pensar
"Nada se pierde, todo se transforma" es una certeza apta
para describir y, en parte, explicar lo que acontece en el mundo natural. Se trata de ser un "perdiente" de eso que uno "no es", de eso que uno "no hace". De ese algo que parece -por su defensa a ultranza- sumamente valioso para el sujeto, como también parece de una altísima eficacia asocial. J. tiene 23 años, hace tres que comenzó la segunda etapa de su
tratamiento. La primera duró un año, tras la que hubo otro de
interrupción. Para la madre se trataba de un joven inteligente y sensible al que su padre no sabía acercarse, en tanto -según ella- lo acosaba intentando imponerle una concepción de vida modélica en cuyo centro reinaba la disciplina. Y al chico, siempre según ella, esto le entraba por una oreja y le salía por la otra. El padre, por su parte, lo consideraba un "malcriado" por la madre al que había que enderezar exigiéndole el respeto y la obediencia debida. Sin embargo admitía, a regañadientes, el fracaso de sus métodos educativos; pese a todos sus esfuerzos y sus mejores intenciones, el chico era un trasto presa del sueño, de la tele y de la juerga. Al mismo tiempo, estaba convencido de que la nefasta influencia de la madre malcriante era el obstáculo por el cual sus palabras no llegaban a su hijo. Los dos, a su manera, estaban en lo cierto. El padre exigía -en vano- acatamiento a sus normas y la madre mostraba paciencia y una forzada comprensión ante los desmanes del chaval, algunos de ellos teñidos de cierta violencia corporal y de los que solía salir dañado: esguinces, fracturas, puntos de sutura, etc. Tenía ante mí a los padres de un huérfano. Me explico: el padre le hablaba a su hijo por boca de su padre, desesperando de no obtener con él los mismos resultados. Es decir, el chico no tenía padre sino una especie de caricatura de abuelo severo. La madre, a su vez, acogía al chaval luego de algún áspero encuentro normativo con el padre y ejercía de padre, un padre maternal si se quiere, pero lo importante es que aquí el chico se quedaba sin madre: lo dicho, los padres de un huérfano. El huérfano había terminado sus estudios secundarios luego de algunas repeticiones gracias a que su padre lo inscribió en el último año en el instituto privado de unos amigos y así, con mucha ayuda, pudo concluir sus estudios e ingresar en una universidad privada a estudiar marketing. En el primer año no asistió ni a la mitad de las clases, aprobó
dos materias, suspendió dos exámenes y al resto no se presentó. Quiero decir, asistía regularmente a sus sesiones y si por alguna razón no podía acudir, avisaba por teléfono y había conseguido un trabajo de camarero con un contrato por 24 hs. semanales, entre otras cosas. En esas circunstancias manifiesta cierta culpa por el gasto que implicaba para su padre el tratamiento y propone reducir de dos a una las sesiones semanales. Entonces le pregunto: "¿por qué en lugar de dejar una sesión no dejas de hacer lo que no haces?" Me miró como se mira a quien ha comenzado a desvariar lo que me hizo precisar la pregunta. Está claro que puedo ser acusado -hasta por mi mismo- de haber abandonado el psicoanálisis en favor de una terapia conductual y directiva. Sin embargo, una interpretación no queda sancionada por su enunciado, sino por sus efectos. J. al principio defendió encarnizadamente su "no ser" universitario, pero poco a poco fue cediendo, encontró una escuela de fotografía y se matriculó y también comenzó a impartir clases de paddle y entre este trabajo y el de camarero se pagaba la escuela y el aumento de mis honorarios y ahorraba con la intención de comprarse un coche para lo cual comenzó las clases del carnet de conducir. Un día sorprendió a sus padres diciéndole que quería cenar con ellos para comunicarle algunas cosas que había decidido y estas eran: dejar la universidad porque no se creía ya a si mismo en sus promesas de que este año sí asistiría y estudiaría y como no lo iba a hacer no quería que su padre gastara en algo que él no estaba en condiciones de aprovechar, También le comunicó sus intenciones de trabajar más, de ir a estudiar fotografía y de volver a su carrera en un año porque ahora que había decidido abandonar algo que no estaba haciendo, sentía la necesidad de demostrarse que podía hacerlo. Esto no es un final color de rosa, sino un corte en un proceso analítico en el que quedan afuera otros aspectos no menos relevantes del curso del tratamiento, porque lo que aquí me proponía dirimir era en qué sentido decía al comienzo que en el mundo humano, un mundo enfermo de lenguaje, sólo perdiendo, hay transformación. |
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