Textos para pensar

Cada año, a la vuelta de las vacaciones, en los comienzos de setiembre me toca participar en algunos programas radiofónicos donde, ya sea con el formato de una entrevista o de mesa redonda con otros contertulios se plantea el tema del llamado síndrome post-vacacional. Este año me tocó compartir micrófono con una ama de casa, un joven empresario y un representante sindical. En principio todos estábamos de acuerdo en que el mencionado síndrome no es una enfermedad, pero sí era detectable en esa época del año el aumento de las consultas a médicos y psicoanalistas por una serie de trastornos en el área del sueño, de la alimentación, de la locomoción, un aumento de la irritabilidad y una sensación de fatiga y desgana.

El ama de casa planteaba que en ese colectivo era imposible padecer esos trastornos post-vacacionales dado que las amas de casa no sólo no tienen vacaciones sino que a veces su trabajo se ve incrementado en ese período y, por lo tanto, encontraba plenamente justificado estar fatigada a la vuelta de lo que para los demás integrantes de la casa habían sido vacaciones.

El empresario, después de asegurar que de vacaciones él colaboraba en las tareas del hogar, de manera que el ama de casa con la que convivía no padecía como las otras, dijo que para él las vacaciones eran cambiar de vida y que si esto se lograba no había razones para temer a la vuelta ninguna sintomatología.

En cuanto al representante sindical planteó una relación entre el tipo de trabajo que se desarrolla en nuestra sociedad y los trastornos que en muchos colectivos de trabajadores se presentan al volver de vacaciones. Venía a decir que el contrato de trabajo no sólo dicta las condiciones laborales sino también las condiciones del descanso diario, semanal y anual que permiten una recuperación, un reintegro eficaz en la cadena productiva.

Por mi parte les voy a contar lo que dije, lo que se me ocurrió después y lo que diga lo que escribe.

Todos los goces de la socialidad, del pensamiento, de la sexualidad, de la creación, muchas veces son desplazados de lo cotidiano hacia el fin de semana y luego el fin de semana se emplea en realizar todo tipo de actividades contrarias a esos goces como si fueran posibles. Goces que serán otra vez postergados, esta vez hacia las vacaciones, donde midiendo el tiempo en dimensiones espaciales, se supone que habrá más tiempo.

Imagino aún tres posiciones psíquicas, inconscientes, en las cuales, al irse de vacaciones en esa disposición, está garantizado el síndrome post-vacacional, que no es claramente un cuadro psiquiátrico y en cambio, su nombre insta a contarla en la psicopatología de la vida cotidiana.

Las tres posiciones están sujetas a una creencia. En la primera me voy de vacaciones creyendo que el cambio de aire hará que a la vuelta todo sea distinto y a la vuelta encuentro que todo sigue igual, o peor. No se trata de cambiar de vida en las vacaciones, sino de cambiar la vida, dentro y fuera de las vacaciones. En la segunda, me voy de vacaciones en la creencia que en ellas, todo será distinto y quizá, todo siga igual. En la tercera posición me voy de vacaciones en la convicción de que las vacaciones se verán indefinidamente prolongadas.

No debemos despreciar el poder material de la fantasía que preside nuestro acceso a lo vacacional. Ella intentará producir y consigue, la figura que ha prefigurado, trabaja para que el pasado determine el presente, para reducir una vida a su transcurso cronológico, que no es que no exista, sino que no es el único, ni es la cuarta dimensión que aparecería una vez establecido el espacio. Quiero decir que nuestro deseo inconsciente no se toma vacaciones ni se jubila, trabaja sin interrupción ni contención; las que se toman vacaciones y cumplen años son las personas. Aún así, cada uno en su singularidad tiene la posibilidad de elegir si creer o no que podemos tomarnos vacaciones de nosotros mismos.

Emilio González, Septiembre de 2002.