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EPBCN
Alcances de la sexualidad
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Textos para pensar
Sólo aquel en nosotros que se oculte tras
un velo moral corrupto puede ofenderse ante la afirmación del Psicoanálisis
de que por ser hablantes somos sexuados y mortales, desde que nacemos al lenguaje
hasta que un epitafio dice por nosotros cuando ya nosotros no podemos decir.
Poner la sexualidad al servicio exclusivo de la reproducción –aparte
de confundir sexualidad con genitalidad– es una de las formas más ominosas
de control social, aquella que se realiza mediante el control sexual de los
ciudadanos, en especial de los pequeños ciudadanos y de los ciudadanos
más viejos. A los que no son niños ni muy mayores se los controla
proponiendo la monogamia como modelo de sexualidad, cuando sólo es una
forma de organización social.
Refiriéndome a los pequeños me gustaría –sin establecer
ningún tipo de causalidad directa– llamar la atención de la llamativa
coincidencia entre el insidioso no reconocimiento de la sexualidad infantil
y el auge de la pornografía infantil y la pederastía militante
que ha venido a estallar en conjuntos eclesiásticos entretejidos en sociedades
tan avanzadas como beatas. Y sexualidad infantil no es –aunque quizás
también– las cochinadas con la primita en aquella siesta de verano, sino
todo lo que hoy en mí se opone a reconocer las diferencias sexuales,
a encarnar mi condición mortal y a llegar a ser el que soy.
En cuanto a los viejos, el problema del no reconocimiento de su sexualidad,
me gustaría dejarlo planteado acudiendo a dos escenas que paso a relatarles.
En una, el periodista avispado le pregunta a Rafael Alberti a sus 88 años,
si él todavía hacía el amor. Alberti lo miró con
la ternura con la que se puede mirar "la peluda cabezota idílica"
de un asno como Platero y le respondió con una pregunta respondona: ¿Usted
se refiere al movimiento? Y giró la cabeza hacia una bella joven que
lo miraba arrobada y le pidió que continuara leyéndole sus poemas
inéditos (en ese momento el poeta estaba preparando su próximo
libro).
La otra escena es la denuncia más dramática que se puede producir
sobre este tema. Un hombre de 82 años mata a su esposa de 81, en su habitación
de una residencia de ancianos, de varias puñaladas, a las cuatro de la
madrugada del 19 de enero. El matador y la muerta habían contraído
matrimonio cinco días antes, el 14 de enero. El la acusaba de permitir
que otro hombre entrara en la estancia matrimonial y unos días antes
le había destrozado el móvil porque no quería que hablara
con nadie si él no estaba presente. Tengo que decir que todo asesinato,
sea bélico o guiado por un estallido emocional, me parece execrable.
Traigo esta escena porque muestra muy a las claras que para el deseo, para el
goce, para los celos, para los crímenes pasionales, no hay edad. Envejece
el órgano, no la función.
Aceptando esto, una mujer que –aún sin saberlo– viva de acuerdo a la
moral que dice que la sexualidad es solo un instrumento al servicio exclusivo
de la reproducción, vivirá la menopausia como el final de
su vida útil, verá por delante un páramo donde el sentido
de su vida ha desaparecido. De aquí a una depresión, a una ansiedad
desbordada o a preocupaciones angustiosas sobre supuestas enfermedades corporales,
hay un paso.
Si, por el contrario, su vida responde a pensamientos que colocan a la sexualidad
más cerca de las palabras que de los órganos de la reproducción,
seguramente podrá disfrutar de la insidiosa dicha de envejecer. Hasta
la muerte, aprendiendo a vivir.
Emilio González, Febrero de 2004.