Textos para pensar


Algunas dificultades típicas de la mujer frente al conocimiento

Josep Maria Blasco [CV] y María del Mar Martín [CV]

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Nota del Editor

Texto distribuido como soporte a la ponencia del mismo título presentada el domingo 12 de mayo de 2013 a las 12:00 en las XIII Jornadas Psicoanalíticas del EPBCN, tituladas Aperturas en psicoanálisis (II), y celebradas en la sede del EPBCN de la calle Balmes, 32 (Barcelona).

1. Introducción

Este texto continúa y extiende las reflexiones iniciadas en nuestro trabajo Docencia y feminidad (2012), que en esa ocasión escribimos con Silvina Fernández. En ésta queremos centrarnos en determinadas dificultades típicas, poco abordadas, y más frecuentes de lo que podría creerse, de la mujer frente a las tareas intelectuales, la capacidad de pensar y, en general, su relación con el conocimiento.

Nos apoyaremos para ello, por una parte, en nuestra experiencia clínica, y por otra, en algunos textos freudianos; valdrá para este trabajo lo que expusimos en el punto 5 de Docencia y feminidad, lo que nos ahorrará tener que volver a remachar la distinción entre típicas y universales.

Las dificultades cuyo abordaje queremos ensayar son las siguientes:

  • La amnesia en la mujer, centrándonos aquí en la particular forma de amnesia que se refiere a los asuntos intelectuales.
  • La reacción femenina ante la excitación sexual experimentada durante el trabajo intelectual.
  • Lo que Freud denomina «la naturaleza conservadora de la mujer» y su influencia en el rendimiento intelectual de ésta.

2. La amnesia intelectual

En numerosas ocasiones, las mujeres que se ven enfrentadas a trabajos que exigen un alto grado de rendimiento intelectual se quejan, tanto en el diván como en otros entornos, de una tendencia a no recordar lo que han leído, olvidarse de lo que acaban de estudiar,no poder expresar lo que han pensado, etc. Suelen añadir a la manifestación de lo que viven como una desagradable limitación también la de una cierta envidia[1] hacia los hombres, a los que, en general, y según su percepción, no les pasarían esas cosas.

2.1. Amnesia y sexualidad

En la obra freudiana, la amnesia es abordada en variados ámbitos: en la histeria, en la neurosis obsesiva, en relación a la infancia (la conocida como amnesia infantil ), ...

En el caso de la histeria suelen presentarse amplias amnesias, que a veces abarcan largos periodos de la vida, y a veces remiten a fragmentos casi instantáneos del pasado inmediato.[2] En el de la neurosis obsesiva la amnesia[3] se aplica a los nexos entre los pensamientos, situaciones, etc.

Tanto en la histeria como en la neurosis obsesiva la amnesia se refiere a determinados contenidos sexuales que han sido reprimidos. Dos vías aparecen aquí para dar el salto hacia una amnesia más generalizada, que incluya lo intelectual:

Por una parte, un fragmento de lo pensado puede estar facilitado con una representación sexual reprimida y caer de ese modo también bajo el manto de la represión (o, dicho de otro modo, puede ser atraído a lo inconsciente).

Por otra parte, lo intelectual es susceptible de producir por sí mismo una excitación sexual directa (esto lo desarrollaremos con más detalle después); aquí entraría en juego la represión por otro camino, en este caso asociado a que excitarse «está mal».

2.2. La prohibición de pensar y la aspiración a la pureza

En La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna, Freud escribe: «[...] el hecho indudable de la inferioridad intelectual de tantísimas mujeres debe reconducirse a la inhibición de pensar que se requiere para sofocar lo sexual», y explica que la educación «las aterroriza con el juicio condenatorio de que [el] apetito de saber sería indigno de la mujer y signo de una disposición pecaminosa». Inmediatamente añade: «Ello las disuade del pensar en general, les desvaloriza el saber. La prohibición de pensar rebasa la esfera sexual [...]».

Podría argumentarse que en la actualidad las circunstancias han cambiado con respecto a la época en la que escribía esto Freud, y es bien cierto que se ha producido, en paralelo a la introducción de la educación sexual, la promulgación de leyes antidiscriminación, etc., una revolución, conducente a un acceso generalizado de la mujer a los campos de la cultura y del conocimiento. Pero no hay que olvidar que ese acceso es todavía muy reciente; en la misma sociedad conviven unas mujeres que en apariencia están completamente integradas en el mundo de la cultura (investigadoras, doctoras, artistas, etc.) con otras para las que esa revolución no parece haberse producido (como ejemplo, el caso extremo de las mujeres maltratadas); y en el interior de cada mujer concreta se reproduce esa misma división. Además, no hay que subestimar tampoco el papel de la familia en la educación ni en el establecimiento de identificaciones con personas mayores para las que esa transformación está lejos de haberse producido.

A partir de esa prohibición de pensar, el hecho de saber será también indicativo de haber experimentado (y además satisfecho: algo doblemente pecaminoso) el apetito de saber, lo que se extiende al «saber de qué va», con toda la ambigüedad que la expresión tiene, y precisamente por ella.[4] La mujer no puede «saber de qué va», porque si manifestase saberlo, sabría sobre lo sexual mismo, y eso colisiona con unos ideales de inocencia, virginidad y pureza que, en lo inconsciente, siguen estando en muchos casos plenamente vigentes. Pero al no «saber de qué va» se hace también imposible el manejo de los múltiples códigos que permiten acceso a los diversos campos de la cultura.

Prohibición de pensar y censura del saber operan aquí como factores eficaces para la represión, con su consiguiente producción de olvidos, recuerdos incompletos, amnesias, etc.

2.3. Facetas ideológicas

Encontramos también toda una otra serie de factores, que podríamos denominar «culturales» o «ideológicos», y que se absorben en formas y lugares muy variados: a partir de las identificaciones producidas en la convivencia familiar; mediante el visionado pasivo de series de televisión y películas que pretenden «reflejar» una realidad cuando en verdad la modelan y modulan; en las variadas formas de socialización de la mujer, desde los más tempranos años en las guarderías, pasando por el patio de la escuela primaria o los grupos adolescentes, hasta la pausa para el café o la comida en los diversos trabajos; en la lectura de «novelas de amor» o las secciones de «cartas de las lectoras»[5] de las revistas llamadas «femeninas»; en la escucha acrítica de las canciones radiofónicas, muchas veces jaleadas por las madres...

Todos esos ámbitos van siendo permeados lentamente por una ideología que permanece inconsciente y que privilegia y opone el amor frente al conocimiento, enseña qué cosas son «de mujeres» y cuáles «de hombres», distribuye entre los sexos auténticos dialectos, lo que permite dar sentido a expresiones como «una conversación de mujeres»,[6] y en general separa a la mujer del comercio con determinados círculos de ideas, que no serían suficientemente «femeninos». Esto es asumido por la mujer, desde edades muy tempranas, de una forma pasiva y acrítica, y queda después compensado por un interés preconsciente determinado por una ideología, supuestamente más moderna pero instalada de un modo mucho más superficial, sobre la «igualdad de la mujer», que suele entrar en un conflicto no advertido con la anterior. De esta división da continuo testimonio el análisis de muchas mujeres.

La mujer aprende así, sin darse cuenta, a no escuchar (o a escuchar sin suficiente interés) cuando se habla de determinados temas, puesto que no le corresponderían («esto a tí no te interesa»). En cada caso es distinto; como es obvio, cada persona tiene su propio background — pero podemos encontrar algunos patrones comunes: lo que no le corresponde suele tener que ver (en un listado que no quiere ser exhaustivo) con: la política, la Historia, la Ciencia, la Filosofía y en general la historia del conocimiento. Ahí se genera un círculo vicioso: no se entiende bien lo que no ha sido catectizado, la siguiente vez que se habla del tema no se entiende, aburre, y así sucesivamente. Y por la solidaridad de todos los temas entre sí, esto genera en la mujer un agujero cultural muy difícil de volver a llenar: cuando un tema que interesa conecta con uno que se ha tornado «aburrido», ella no puede seguir pensando y se siente «tonta» e «inculta» (y como la capacidad de pensar se asienta en el establecimiento de relaciones, también se hace más difícil pensar cuando el conjunto de elementos a relacionar es más reducido). El contenido de la conversación, supuestamente «aburrido», es asociado con una dosis de displacer y es a su vez olvidado,[7] lo cual merma todavía más la capacidad conectiva y reduce la capacidad de pensar, etc.

2.3.1. ¡Qué bien que habla mi hombre!

Describiremos ahora una escena cotidiana, habitual y paradigmática, mucho más multifacetada de lo que podría parecer de entrada.

Él llega a casa con algo que contar, se instala con su mujer, digamos en el sofá, y empieza a hablar. Ella hace como que le escucha, probablemente algo más o menos escucha, y hasta le hace alguna pregunta; claramente se lo pasa bien con él; pero al día siguiente no se acuerda de gran cosa, y al cabo de un tiempo no se acuerda de nada.

Es, claro está, una escena demasiado genérica: puede muy bien ser que él sea un pesado, alguien realmente aburrido, y ella una mujer solícita y sacrificada, que cree que debe aguantarlo por amor. Pero en algunos casos no es así: lo que él cuenta es interesante; a ella misma, si se le pregunta (en la intimidad de la sesión, no ante su novio o marido, lo que no tendría el mismo valor) lo afirma, le interesa mucho, y de todos modos siente que el recuerdo de lo hablado se le va esfumando progresivamente.

Se trata de un fenómeno complejo, para el que pueden entrar en juego uno o varios de los siguientes factores, que por otra parte no se excluyen entre sí:

1) A veces durante la conversación ella va teniendo una fantasía sexual: su hombre habla muy bien, resulta muy guapo cuando habla así, ella empieza a excitarse un poco, y se pierde en una fantasía erótica, con lo cual deja, verdaderamente, de escuchar. Esto tiene que ver con algo que desarrollaremos en más detalle más adelante.

2) Debido a su condicionamiento ideológico, ella en algunos casos siente que tiene que escuchar, pero no en el plano de una interlocución, sino como soporte, alivio, contención, etc., de su partenaire (la dimensión dialógica del «reposo del guerrero»); inconscientemente, es como si pensase que no se espera de ella ni una auténtica comprensión ni la memoria ulterior de lo hablado.

3) En ocasiones lo que se pone en juego es una afrenta narcisista: él sabe mucho más, él tiene y ella no tiene; esto se conecta con la penisneid, y ella suprime el testimonio de esa afrenta, es decir, olvida.

4) En otros casos su interés real en la escucha es amoroso-narcisista: le interesa no tanto amar como ser amada. Escucha entonces sólo para obtener el amor del hombre; le ofrece un verosímil de interlocución, pero no una interlocución auténtica, que requeriría el paso, aunque fuese parcial, a la posición activa. Pero lo que no se transita activamente no puede ser pensado,[8] y eso que no ha sido pensado no necesita ni siquiera ser olvidado para no ser retenido.

En todos los casos, aunque por motivos distintos, el resultado final es también el recuerdo imperfecto, el olvido progresivo y, en última instancia, la amnesia.

3. La mujer ante la excitación intelectual

Otro fenómeno asociado a la mujer tiene que ver con una conexión muy rápida y que le afecta de una forma especial entre excitación intelectual, excitación amorosa y excitación genital.[9] Es frecuente que una mujer experimente excitación genital o tenga fantasías amorosas cuando: 1) está leyendo o estudiando, y precisamente en el momento en que parece estar gozando de una especial comprensión, inteligiendo una relación entre conceptos, etc; 2) está asistiendo a una clase, conferencia o similar que le resulta particularmente interesante; 3) se halla metida en una conversación intelectualmente apasionante, etc. En algunos casos, la excitación termina por producir un desvío parcial o total de la actividad en curso hacia la masturbación, la ensoñación de contenido erótico, o la propuesta explícita de relaciones eróticas.[10] El resultado neto de este desvío es, en los casos más extremos, la interrupción completa de la actividad intelectual y su substitución por una erótica, real o fantaseada, que puede a su vez entrar o no en un circuito de represión.

Podemos encontrar un ejemplo temprano en las adolescentes enamoradas del profesor de alguna asignatura que les resulta especialmente interesante, donde se hace imposible distinguir de entrada si el interés intelectual precede al enamoramiento, o no es más que un medio para resultar dignas de amor ante su amado. En el varón adolescente se dan fenómenos similares, pero generalmente de fin inhibido y, por esa misma razón, más espiritualizados (se toma al profesor como modelo de identificación, etc.). Esta facilidad de la joven para la realización de una elección de objeto en lugar de una identificación la acompañará, en muchos casos, durante toda la vida: cada vez que recibe un fuerte estímulo intelectual, se excita o cree haberse enamorado; el destino ulterior de esa carga erótica variará según su realidad y su disposición psíquica, pero en términos generales tenderá o bien hacia la realización amorosa, o bien hacia la represión; en cualquiera de los dos casos quedará abandonado, parcial o totalmente, el objeto intelectual de partida.

No hay que descartar tampoco el aspecto ideológico según el cual el «destino natural de la mujer» sería la maternidad. En la mujer actual, que normalmente se encuentra escindida y como a medio camino entre esas determinaciones ideológicas y una ideología parcialmente preconsciente y aparentemente más moderna, el deseo de maternidad se presenta a menudo como una pregunta sobre si desea o no «vivir la experiencia de la maternidad», con poca o nula referencia al padre, como si se tratase de «vivir la experiencia de las drogas» o probar el Dragon Khan de Port Aventura.[11] En la misma línea, en las llamadas «revistas del corazón» (que, no lo olvidemos, leen muchas personas) se sigue hablando del día de la boda como «el día más importante en la vida de una mujer»; las que se acaban de separar siempre «están destrozadas», y cuando vuelven a encontrar pareja «han rehecho su vida», como si cuando estuviesen solas su vida estuviese «deshecha», etc. Esta corriente ideológica empuja a pensar que la satisfacción y el placer, en la mujer, sólo pueden hallar su origen a) en encontrar un hombre (con el que «hacer» o «rehacer» su vida), y b) en tener hijos («menganita exhibe su felicidad», etc.); de este modo, cuando ella se siente excitada por cualquier motivo (en particular, y para lo que nos interesa, intelectualmente), por una especie de inercia, piensa que tiene que ser debido a que le gusta (o le calienta, o se ha enamorado de) un hombre, como si no pudiese existir una excitación que tuviese otra razón, y muchas veces encuentra rápidamente entre los hombres que la rodean uno al que pueda atribuir ese papel.

Además, entra también en juego aquí la represión de la excitación, que por el camino ha dejado de ser sólo intelectual, y se ha tornado francamente erótica. Acontece según una doble vía: estimula fantasmas masturbatorios («me excito sola» — cuando en realidad es peor: «me excito con Kierkegaard», por ejemplo) o, cuando es vivido como excitación genital directa, aparece el fantasma de ser una mujer fácil o demasiado libidinosa: si «lo hace sólo por placer» es fácil, mientras que si lo hace por amor ya se consienten más cosas.[12] Podríamos ligar estas vías al problema más general de la sublimación en la mujer: los placeres de leer, inteligir, comprender, relacionar, no tienen por que vivirse ni como solitarios ni como indicadores de una desmesura de la libido, pero para que eso sea así tiene que haber operado en ella la correspondiente sublimación.

4. La «naturaleza conservadora de la mujer»

Freud se refiere en variadas ocasiones a lo que él denomina «la naturaleza conservadora de la mujer»;[13] hoy día no resulta demasiado políticamente correcto manifestar eso, pero, más allá de la existencia o no de determinaciones ontológicas («la mujer es...»), tampoco parece demasiado descabellado que si las mujeres han vivido desde hace varios milenios pendientes de que nada cambie (que su hombre no las deje por otra, con lo que no podrían alimentar a sus hijos; que la comida y los enseres domésticos estén donde tienen que estar, etc.) hayan desarrollado una tendencia a que esté todo igual, siempre igual. En la clínica se escucha con frecuencia por parte de las mujeres: «no me gustan los cambios». También en la convivencia puede rastrearse este disgusto, a veces confundido con un reclamo amoroso: «Ya no es lo mismo, ya no es como antes, ¡hoy te olvidaste de besarme!».

Esta tendencia a lo que podríamos denominar la inercia en la mujer no carece de efectos en su vida intelectual: en efecto, la capacidad crítica[14] reside esencialmente en la capacidad para tolerar el cambio, soportar lo diferente, quebrar lo establecido, ...; es decir, e intelectualmente hablando, en el desafío, el atrevimiento, la osadía, ... — y todo ello contraviene el precepto de que siga «todo igual». Si todo sigue igual es imposible pensar.

Otro apuntalador de esta inercia reside en la tendencia de la mujer que ha tenido hijos, sostenida social e ideológicamente, a prolongar por más tiempo del necesario y de un modo demasiado intenso sus vínculos con éstos, en una reproducción interminable de un esquema que termina por contagiar con su rigidez y su fijeza no sólo a la madre, sino a todos sus actores.[15]

Remitiremos también aquí, además de a lo que ya dijimos sobre el particular en Docencia y feminidad, a la ponencia presentada por Silvina Fernández,[16] en la que se abordan las dificultades derivadas de la represión de las manifestaciones de la pulsión de muerte, en particular de la agresividad y del odio, y asociadas a esta inercia, como merma de la capacidad crítica.

5. En síntesis, y un aliento

En la infancia no se recibe la impresión de que la niña sea menos inteligente que el varón, sino más bien la contraria, en la mayoría de los casos.[17] Por tanto, si la mujer presenta más tarde esas dificultades frente al conocimiento, y descartadas las variaciones atribuibles al factor congénito, tiene que deberse a la acción única o combinada de un conjunto de factores, el abordaje de algunos de los cuales hemos ensayado aquí.

No estará de más volver a resaltar que, salvo una única excepción, ninguno de esos factores pertenece a una esencia o a una naturaleza que serían exclusivas o peculiares de la mujer; más bien aparecen entramados con lo ideológico, con lo histórico o con las modalidades de su educación. La excepción a la que aludimos es la relativa al desarrollo de la mujer, y constituye la única diferencia realmente esencial: aquella relacionada con el complejo de castración y la envidia de pene, que en este trabajo sólo hemos rozado por alusión.[18]

Sintetizando: el conflicto en lo relacionado con la sexualidad (y especialmente en el sentido genital de la palabra), la exacerbación de la importancia del amor, la falta de catectización de lo intelectual y la naturaleza conservadora de la mujer se hallan, casi siempre de modo inconsciente, en el núcleo de las dificultades que se presentan en su relación con el conocimiento. A partir de ahí se despliegan los efectos-síntoma de la amnesia, el desinterés, el aburrimiento, la dificultad para pensar, etc. Promover a un primer plano la discusión de estas cuestiones, especialmente y aunque sea en contra de una ideología ambiente, la de lo «políticamente correcto», que mutila la capacidad de pensar al desalentar su examen, se hace cada vez más necesario; no sirve de nada pretender que «esas cosas ya no suceden hoy en día», lo que además de ser falso es regresivo. O, mejor dicho, sí que sirve: sirve para tranquilizar las consciencias, para hacer pasar por esenciales cambios que en buena parte no son más que cosméticos, para perpetuar la ignorancia de un régimen de discriminaciones que todavía continua y, en última instancia, para que nada cambie, para hacer creer que ya se ha producido lo que debería estar por venir.


Barcelona, 31 de marzo de 2013


Notas

1 Que sería precipitado, además de erróneo, intentar reducir a la penisneid. 
2 Escuchamos con frecuencia expresiones como «estaba en tal situación, entonces vienen dos minutos que no me acuerdo, y después...» — después suele venir una escena erótica más o menos conflictiva que no entraba, en apariencia, dentro de lo previsto. 
3 Que para Freud no es «genuina»: «En [la neurosis obsesiva no] existe una amnesia genuina, una falta de recuerdo, sino que se ha interrumpido la conexión que estaría llamada a provocar la reproducción, la reemergencia en el recuerdo. Una perturbación así de la memoria basta para la neurosis obsesiva; en el caso de la histeria las cosas ocurren de otra manera. Esta última neurosis si singulariza la mayoría de las veces por vastísimas amnesias» (Conferencias de introducción al psicoanálisis, 18: La fijación al trauma. Lo inconsciente). Todas las citas de obras freudianas remiten a la edición de Amorrortu.  
4 Es sabido que el sobreentendido tiende a adquirir una significación tanto más sexual cuanto menos claro es. Una madre le espetaba a su hija, cuando ésta estaba a punto de atravesar para salir la puerta de la casa común: «¡Seguro que te vas por ahí a hacer eso con ese!»: plena generalización, y a la vez plena sugerencia de algo sexual, sucio y condenable. 
5 En muchos casos, la supuesta «doctora», «psicóloga», «sexóloga» o «experta» es un periodista varón, y los casos son inventados. Por ejemplo, desde 1966 las respuestas al conocido consultorio de «Elena Francis&3aquo; (persona que nunca existió) eran elaboradas por el periodista Juan Soto Viñolo [http://es.wikipedia.org/wiki/Consultorio_de_Elena_ Francis].  
6 Que en general no es una conversación sobre cuestiones fisiológicas propias de su sexo, sino un modo distinto de intercambiar, en reuniones a las que la mayoría de los hombres tiene vetado su acceso. 
7 Freud también señala, en una linea con la que nuestra argumentación converge, que son más fáciles de olvidar 1) las impresiones que han sido demasiado débiles; 2) lo que ocurrió una sola vez, y 3) aquello que permanece aislado: «[...] En nuestra vigilia solemos olvidar enseguida un sinnúmero de sensaciones y percepciones porque eran demasiado débiles, porque la excitación psíquica asociada con ellas fue de grado muy bajo. [...] Además, en la vigilia se suele olvidar fácilmente lo que ocurrió una sola vez, y retener mejor lo que pudo percibirse repetidas veces. [...] Más importante es una tercera razón del olvido. Para que sensaciones, representaciones, pensamientos, etc., alcancen una cierta magnitud mnémica, es necesario que no permanezcan aislados, sino que se presenten en conexiones y compañías del tipo adecuado» (La interpretación de los sueños. La bibliografía científica sobre el problema del sueño. ¿Por qué olvidamos el sueño una vez despiertos?). 
8 Del mismo modo que no se puede saber qué es amar sin hablar de amor, no se puede saber qué es la Lógica sin hacer ejercicios de Lógica, etc. 
9«[... E]s innegable que la concentración de la atención en una tarea intelectual, y, en general, el esfuerzo mental, tiene por consecuencia en muchas personas, tanto jóvenes como más maduras, una eexcitaciónsexual concomitante.» (Tres ensayos de teoría sexual). 
10«Es de experiencia enteramente cotidiana que un desarrollo de afecto inhiba el decurso de pensar normal, y ello de diversas maneras. La primera, por olvidarse muchos caminos de pensar que de otro modo se considerarían [...] La segunda, sin mediar olvido, por recorrerse unos caminos que de ordinario se evitarían, en particular caminos de descarga, acaso unas acciones [ejecutadas] dentro del afecto. En conclusión, el proceso afectivo se aproxima al proceso primario desinhibido» (Proyecto de una psicología para neuróticos. Perturbación del pensar por el afecto). 
11 Conocida montaña rusa ubicada en el parque temático Port Aventura. Ver http: //es.wikipedia.org/wiki/Dragon_Khan. 
12«En la vida amorosa normal, el valor de la mujer es regido por su integridad sexual, y el rasgo de la liviandad lo rebaja»(Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre). 
13 Volvemos a hacer uso aquí de una referencia a la que ya acudimos en nuestro mencionado Docencia y Feminidad: «Además, las mujeres, las mismas que por los reclamos de su amor habían establecido inicialmente el fundamento de la cultura, pronto entran en oposición con ella y despliegan su influjo de retardo y reserva. Ellas subrogan los intereses de la familia y de la vida sexual; el trabajo de cultura se ha ido convirtiendo cada vez más en asunto de los varones, a quienes plantea tareas de creciente dificultad, constriñéndolos a sublimaciones pulsionales a cuya altura las mujeres no han llegado» (El malestar en la cultura). 
14 Que debe discriminarse de la simple crítica: muchas mujeres son grandes criticonas y sin embargo carecen de toda capacidad crítica. 
15«La madre que envejece se protege [del peligro de quedar insatisfecha por el término prematuro del vínculo conyugal o por la esterilidad de su propia vida afectiva] por empatía con sus hijos, identificándose con ellos, haciendo suyas sus vivencias afectivas. Se acostumbra decir que los padres permanecen jóvenes junto a sus hijos; y esta es, de hecho, una de las ganancias anímicas más valiosas que obtienen de ellos» (Tótem y tabú). 
16El odio y sus despliegues: algunas particularidades, presentada en estas mismas Jornadas. 
17«[... S]e recibe la impresión de que la niña pequeña es más inteligente y viva que el varoncito de la misma edad, que se muestra más solícita hacia el mundo exterior, y que sus investiduras de objeto poseen mayor intensidad que las de aquel»(Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, Conferencia 33. La feminidad). 
18 No así en Docencia y feminidad. 

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