Textos para pensar


El silencio en psicoanálisis
Más acá de la resistencia

Fabián Ortiz [CV]

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Nota del Editor

El presente texto fue distribuido como soporte para la ponencia del mismo título pronunciada por el autor en las XIX Jornadas Psicoanalíticas del EPBCN, tituladas Aperturas en Psicoanálisis (VIII).

1. Pórtico

Según escribió Pascal, «la infelicidad del hombre se basa sólo en una cosa: que es incapaz de quedarse quieto en su habitación» [20]. Quedarse quieto en una habitación es algo que, con mayor o menor fortuna, se invita a hacer al paciente de psicoanálisis, ya sea en la forma tumbada sobre el diván o sentada en una silla frente al analista. Pero el paciente no sólo debe permanecer más o menos quieto durante la sesión, sino que también tendrá que observar fielmente la regla fundamental de la asociación libre. Así lo dispuso Freud en los albores de esta práctica, hace más de un siglo. Muchas cosas han cambiado desde entonces. Una de las que acaso han experimentado una transformación más abrumadora es el nivel de exposición al ruido —entendido este como contaminación visual y acústica, con miles de estímulos[1] en un solo día que pueden llevar a una saturación próxima al colapso— o, en su contrapartida, la desaparición de espacios de silencio en la vida cotidiana.

Ubicado (o desubicado) en medio de un torbellino de percepciones provenientes del exterior, que vienen a sumarse al ruido neurótico propio, resulta cada vez más crucial para el ser humano hallar un espacio para desconectarse del afuera y conectarse hacia adentro. Si seguimos lo que Freud señala en numerosos pasajes de su corpus teórico, eso que llamamos realidad o mundo exterior consiste en verdad en otra instancia psíquica que debemos tomar en idéntica consideración a otras como el ello o el superyó, ante las cuales el yo debe dar cuenta de sus pensamientos, deseos y acciones. En base a esta premisa tomó en cuenta, como factores coadyuvantes, los avances técnicos de su época, tales como el ferrocarril o el telégrafo, y si bien no los situó en el centro de su análisis, tampoco los dejó de lado, por su evidente incidencia como generadores de un cierto frenesí que venía a sumarse a la vida cotidiana de muchas personas en aquel momento [6].

La sesión analítica bien podría dar cabida a un momento de silencio necesario para que los procesos internos emerjan hasta la superficie de la conciencia. Pero, entonces, ¿qué hacemos con la regla fundamental?

Un psicoanálisis clásico interpretará, acaso de manera simplista, que un paciente callado es un paciente que está siendo víctima de la resistencia, sujeto de y sujetado por la represión.

¿Debe esto ser así? ¿No estamos ante un momento de desborde de lo tecnológico sobre el factor humano que hace necesario repensar qué rol desempeña el silencio en el marco analítico? ¿No sería, si lo consideramos desde ese ángulo, también una oportunidad para encontrarse momentánea, fugazmente, con la serenidad que en ocasiones requiere el ser humano?

2. El silencio en Freud no es sólo resistencial

No son muchas las referencias que Freud hizo acerca del silencio en la sesión, pero desde que abandonó la hipnosis como método terapéutico abrió una ventana silenciosa, llamada escucha psicoanalítica, impulsado por una mujer conocida como Emmy von N., la primera que le planteó romper la estructura binaria paciente-especialista donde aquél es quien debe atender las consideraciones, consejos y señalamientos de quien posee el saber; aquel suceso, ocurrido en la sesión del 12 de mayo de 1889, fue quizás un verdadero hito fundacional del psicoanálisis: la primera vez que el saber —inconsciente— entró en la consulta mediante el uso de la palabra por parte del paciente. Para que eso aconteciera se hizo necesario que Freud guardase silencio [8].

Por la silenciosa ventana de la escucha analítica entrarán, mediante la asociación libre, las repeticiones, ese particular modo de puntuación que el analizante utiliza sin saberlo, porque quien se encarga de puntuar es su inconsciente. El silencio se abrirá cuando no aparezca ese nombre, esa palabra, que señalan las operaciones fallidas; estará presente en cada laguna del recuerdo, en eso que la memoria no alcanza a atrapar; demandará su papel protagonista cuando, en medio del discurso, falten de repente las palabras para proseguir.

«[El paciente] no sólo debe comunicarnos lo que él diga adrede y de buen grado, lo que le traiga alivio, como en una confesión, sino también todo lo otro que se ofrezca a su observación de sí, todo cuanto le acuda a la mente, aunque sea desagradable decirlo, aunque le parezca sin importancia y hasta sin sentido. Si tras esta consigna consigue desarraigar su autocrítica, nos ofrecerá una multitud de material, pensamientos, ocurrencias, recuerdos, que están ya bajo el influjo de lo inconsciente» [7, resaltados míos]. Así describió, en uno de sus últimos textos publicados, la regla fundamental del psicoanálisis, la de la asociación libre. Diga todo, sería la consigna, a sabiendas de que todo no podrá ser dicho.[2] El analizante debe intentarlo, se ha comprometido a ello, por lo que se espera de él que se otorgue la libertad de hablar sin querer decir nada concreto, sin atender a las consignas que intervienen en una comunicación formal. Decir todo puede resultar, por sí mismo, sanador, en un entorno social donde cada vez resulta más difícil poder hallar una escucha preparada para tolerar la verdad, en cualquiera de sus múltiples manifestaciones.

En otro texto, de 1912, había dicho: «[...] hay una experiencia que uno puede corroborar cuantas veces quiera: cuando las asociaciones libres de un paciente se deniegan, en todos los casos es posible eliminar esa parálisis aseverándole que ahora él está bajo el imperio de una ocurrencia relativa a la persona del médico o a algo perteneciente a él [al analista]. En el acto de impartir ese esclarecimiento, uno elimina la parálisis o muda la situación: las ocurrencias ya no se deniegan; en todo caso, se las silencia» [11, resaltados míos]. Cabe añadir que en una nota al pie Freud aclara que ahí donde usa el verbo denegar se refiere al caso en que las asociaciones «realmente faltan» y no a cuando el analizante guarda silencio porque lo que está pensando le resulta difícil de enunciar. Esta particularidad, que Freud opone a la clásica resistencia surgida de la transferencia, ha sido poco o nada subrayada a la hora de interpretar el silencio en la sesión, y seguiremos sus pasos con la intención de proponer más adelante alguna posible consideración sobre tal falta de asociaciones que no sea la del modo resistencial.

Dos años después de publicar el texto al que corresponde la cita precedente, el silencio del paciente fue interpretado por Freud como «la repetición de una actitud homosexual que se esfuerza hacia el primer plano como resistencia a todo recordar» [10]. Esta vez la resistencia adquiere la forma de una compulsión de repetición, ahí donde se esperaría la producción de recuerdos por parte del analizante. Y a partir de 1915, como si el intercambio epistolar con Albert Einstein sobre la guerra hubiese servido de fijador para una idea que rondaba el pensamiento de Freud desde el conflicto armado que inauguró el siglo xx [5], el silencio pasó a ser interpretado de manera casi exclusiva como manifestación de la pulsión de muerte.[3]

Freud, como ha quedado reflejado, considera en primera instancia que el silencio del paciente está relacionado de manera preeminente con la resistencia, pero no descarta otras posibilidades; entre éstas, queremos destacar la de que las ocurrencias realmente falten. Si esto es así, ¿qué ocurre entonces cuando ese todo cuanto le acuda a la mente al analizante es el silencio, ni que sea como anhelo deseante y vacío de contenido? ¿O acaso esto no resultaría posible?

La postura clásica, recogida en numerosos textos psicoanalíticos, es taxativa y descarta tal posibilidad. «No es posible estar en silencio», rezaría el axioma, «en cuanto a los pensamientos. No se puede estar sin pensar». Millones de practicantes de zazen, meditación, mindfulness y otras técnicas de absorción pueden acreditar lo extremadamente difícil que es mantener inmóvil al saltarín espíritu de las representaciones aun durante unos pocos minutos. Sin embargo, podemos concebir ese silencio, que acude a la mente como una necesidad del paciente ahíto de estímulos externos e internos, como un instante de reposo en medio del incesante trajín, una pausa antes de proseguir —o, en el caso del inicio de la sesión, de comenzar— con la cinta sin fin de la cadena significante.

3. El silencio según otros analistas

Desde los primeros tiempos del psicoanálisis encontramos textos que refieren al silencio. Algunos colaboradores de Freud esgrimieron sus teorías al respecto. Sándor Ferenczi, por ejemplo, relacionó el quedarse callado del paciente con la retención de las heces [3], probablemente guiado por el enfoque freudiano de Carácter y erotismo anal (1908). Karl Abraham, en una línea similar, interpretó la reticencia de los pacientes a atender la regla fundamental como una manifestación de la terquedad correspondiente a un deseo anal-erótico [1]. Theodor Reik vio en la actitud silente del analizante una barrera a superar por parte de éste antes que una dificultad para el analista, a la vez que apuntó que el silencio se puede interpretar como una expresión de simpatía apacible o de un odio intenso, en virtud del momento transferencial que el paciente esté vivenciando; pero, sobre todo, Reik supo observar que el silencio del paciente puede ser un movimiento de apertura y no sólo la manifestación de un mecanismo de defensa [22]. Wilhelm Reich se opuso frontalmente a sostener el silencio del paciente guardando a la vez silencio, y en cambio propuso actuar de otra manera para erosionar lo que dio en llamar resistencia de carácter compacto: el analista debía consolar al paciente que se quedaba callado, asegurándole que comprendía su inhibición y que, momentáneamente, podía pasar sin sus intentos de comunicación; de ese modo, el paciente quedaba aliviado de la presión de tener que hablar y, al mismo tiempo, perdía cualquier justificación para mantenerse terco [21]. Robert Fliess hizo una lectura del silencio del paciente a través del prisma de la teoría de las pulsiones; para él, las palabras pueden adquirir la significación de excreciones corporales y la boca, en cuanto orificio expulsivo, los rasgos de un esfínter que puede cerrarse o abrirse, en función del carácter del paciente y del placer que obtenga con la retención o la liberación de su decir o del temor de incontinencia que le impeliría a mantenerse callado [4].

Algo más tarde, Ralph Greenson se interesó por la irrupción del silencio en las sesiones y dedicó varios trabajos a intentar dar cuenta de las variantes en que ese silencio entraba en escena, con sus posibles interpretaciones. Cuando un analizante permanecía callado en su consulta, Greenson entendía que «por lo general, [...] el paciente no está dispuesto, consciente o inconscientemente, a comunicar sus pensamientos o sentimientos al analista. Tal vez tenga conciencia el paciente de su oposición, o tal vez le parezca sencillamente que no tiene nada en la mente. En uno u otro caso, nuestra misión es analizar las causas del silencio. Queremos descubrir los motivos de la oposición al procedimiento analítico de la asociación libre» [14]. Desde esta perspectiva, estaríamos ante una forma clásica de manifestación de una resistencia en transferencia: el paciente no está dispuesto, más allá de que esta indisposición se produzca de manera consciente o inconsciente. Este punto de vista no se aleja mucho de lo marcado por Freud, señalado anteriormente. Algo más tarde, Ralph Greenson se interesó por la irrupción del silencio en las sesiones y dedicó varios trabajos a intentar dar cuenta de las variantes en que ese silencio entraba en escena, con sus posibles interpretaciones. Cuando un analizante permanecía callado en su consulta, Greenson entendía que «por lo general, [...] el paciente no está dispuesto, consciente o inconscientemente, a comunicar sus pensamientos o sentimientos al analista. Tal vez tenga conciencia el paciente de su oposición, o tal vez le parezca sencillamente que no tiene nada en la mente. En uno u otro caso, nuestra misión es analizar las causas del silencio. Queremos descubrir los motivos de la oposición al procedimiento analítico de la asociación libre» [14]. Desde esta perspectiva, estaríamos ante una forma clásica de manifestación de una resistencia en transferencia: el paciente no está dispuesto, más allá de que esta indisposición se produzca de manera consciente o inconsciente. Este punto de vista no se aleja mucho de lo marcado por Freud, señalado anteriormente.

Juan David Nasio, en debate con otros psicoanalistas en torno a un texto de Antoine Franzini titulado Una afonía elocuente, afirma que hay diferentes maneras de estar callado, de detener la palabra: «En ese momento en que domina la espera tensa, el sujeto se recoge y culmina más en su ser que si profiriera una palabra. Hay más ser en el silencio tenso que en la emisión de un dicho. Este silencio es un lugar de espera y de paciencia, un lugar no opuesto a la palabra, sino el lugar en que la palabra germina y en que los ruidos pulsionales se ordenan en una voz muda que acaso devendrá sonora» [22]. Es decir, silenciamiento pulsional como reservorio de lo que crecerá poco después arborizado en el discurso.

En apretado resumen, y sin la pretensión de haber abarcado todo el espectro de lo desarrollado a lo largo de casi un siglo, lo que con posterioridad a Freud se ha venido pensando en torno al silencio en la cura tiene que ver con el carácter anal (terquedad, avaricia, orden), las vicisitudes transferenciales (amor-odio, apertura en la relación terapéutica, oportunidad para romper cierta estructura de carácter), la vida pulsional en su trabazón con las funciones excretorias, la indisposición consciente o inconsciente a asociar, una espera tensa y fecunda de la que brotará el sonido de la palabra dicha y, aun más, un lugar no opuesto a la palabra.

4. El discurso ininterrumpido como defensa antisilenciosa

Hay otros modos en los que el silencio hace aparición en la sesión analítica; en el caso que nos ocupa ahora, como una ausencia.

Todo analista ha experimentado, ante determinados pacientes, la sensación de que no hay modo de hallar una grieta en un discurso monolítico y en apariencia inacabable. Son personas que, por inclinación a la neurosis obsesiva o a la histeria, hacen uso del discurso como si se tratase de un escudo, como uno más de los mecanismos de defensa utilizados por el yo en su pretensión unitaria y coherente; el obsesivo, en su manera habitual de enlazar frase tras frase, como un rosario que rezara mientras aguarda la absolución por parte del analista: «Continuamos en la próxima»; el histérico, en su denodado intento de que nada lo penetre, hablará y hablará para evitar que se abra el espacio necesario para la introducción de una propuesta de interpretación, de un señalamiento, de una construcción.

Jean-Charles Fébrinon-Piguet señala que «[...] a veces, con ciertos pacientes, en ciertos momentos de la cura, las palabras tienen tal peso que [...] aparecen como un exceso [...], y se pudiera entender que el silencio tiene la misma sustancia [...]» [19]. En estos casos, ante estos pacientes, las palabras y los silencios se apilan como se apilarían las piedras hasta formar masas impracticables, moles inamovibles. Palabra y silencio resultan, al cabo, una misma cosa, idéntico obstáculo para la asociación libre y, por tanto, para la emergencia en el acto analítico de cualquier vestigio que desvele algo inconsciente.

Esta situación mueve a pensar que si el reverso del silencio resistencial fuese la enunciación, es decir, la proferencia de la palabra, hay algo falso en la premisa: cuando las palabras se agolpan para cerrar el paso a la labor analítica también están operando en contra de la regla fundamental, por mucho blablabla que evite el silencio y lo rellene con el ruido de la parla. Esta defensa antisilenciosa, que es puro parloteo pero en una dirección contraria a la que perseguimos con la asociación libre (es decir, un parloteo medido, controlado, filtrado, sujetado a voluntad), está muy lejos de facilitar las ocurrencias del paciente y opera contra el análisis, justo ahí donde podría parecer que es el ejercicio mismo de él.

5. El silencio analítico como modo de intervención

La escucha analítica no obliga a estar en silencio. ¡Menos mal! Sería impracticable siquiera analizar a alguien, de imponerse tal condición. Porque es bien posible estar callado, pero esto no equivale a permanecer en silencio.

Freud aconsejaba sumergirse en los asuntos propios para favorecer la atención flotante, para que de la superficie plana del lago emergiera de tanto en tanto eso distinto digno de atención, presto a ser recogido en la red del propio inconsciente del analista.[4] Pero esto que indicaba Freud está bien lejos de parecerse a un silencio sensu stricto, ya que en éste no hay lugar para asuntos, ya sea propios o ajenos.

El silencio analítico es una herramienta favorecedora de la práctica. Opera en la dirección de una apertura, es un facilitador para el ejercicio asociativo, una invitación para que el paciente se abandone en el acto analítico y abandone al mismo tiempo cualquier pretensión de coherencia discursiva, a la vez que deja de lado, también, la fantasía de que mantiene un diálogo con el analista.[5] El problema es que detrás del silencio del analista muchos se han dedicado a parapetarse para preservar quién sabe qué posición, han jugado a hacer la estatua de cera, en la creencia de que esa petrificación silente favorecería el desarrollo de la cura. Pero una cosa es que Lacan apelara a la figura del muerto en el juego de bridge [18] y otra bien distinta es que muchos hayan carecido completamente de capacidad metafórica y se encuentren verdaderamente fallecidos, neutralizados en su capacidad de intervención.

6. El silencio en la filosofía y la mística

Hay un silencio que ha sido y sigue siendo objeto de estudio, a la vez que instrumento e incluso meta, y que encontramos en textos relacionados con filósofos y místicos de todos los tiempos. Se trata de un silencio que se expresa como suprema revelación del ser, un silencio primordial desde y a través del cual la vida humana cobra su verdadera dimensión. Es, claro, un silencio inefable, que se enmarca en las tradiciones gnósticas y místicas como vehículo para alcanzar el autoconocimiento, y este silencio ha sido y sigue siendo motivo de interés para filósofos de muy diversas corrientes y orientaciones.

Desde los antiguos Vedas hasta ensayos filosóficos que se editan en nuestro tiempo, ese silencio primordial es observado como la condición de posibilidad para que lo esencial de la vida humana se manifieste en cada ser.[6] El samādhi como estado de calma y plena concentración capaz de hacer lugar a la luz de la creación, como proponen las tradiciones que se derivan del pensamiento védico; el silencio como el secreto que al comprenderse florece como iluminación, si bien eso mismo que se comprende no es más que silencio, como propone el zen; el silencio como se dice que lo entendía Pitágoras en su escuela de Crotona, donde exigía que sus candidatos a discípulos pasaran unos cinco años sin hablar, para que el silencio y el aquietamiento de las fluctuaciones mentales sirvieran de apoyo e impulso hacia el más alto conocimiento; el silencio como manifestación de Dios, como encontramos en Maestro Eckhart; el silencio meditativo como profundo cambio en la mente y el corazón, del que surge la mente religiosa,[7] una mente que sabe lo que es sagrado, como apunta Jiddu Krishnamurti; el silencio como instrumento en los rituales chamánicos y las curaciones mágicas de las tradiciones nativas americanas... La lista resultaría inacabable, y no es nuestro propósito llenar de ruido estas páginas.

Si acaso caben aquí algunos apuntes procedentes de la filosofía, en la línea de lo que el silencio posibilita cuando se hace presente. Dice Martin Heidegger en Camino de campo [16]: «Lo sencillo encierra el enigma de lo que permanece y es grande. Entra de improviso en el hombre y requiere una larga maduración [...]. Sólo en lo no dicho de su lenguaje Dios es Dios, según dice Meister Eckhart, el viejo maestro de lecturas y de la vida». Eso no dicho, que desde el psicoanálisis podemos observar como ausencia de palabra, adquiere aquí categoría de presencia: es el silencio lo que hace posible la manifestación de algo divino.

Resuena lo anterior en lo que propone el doctor en filosofía, sociólogo y analista político Max Colodro cuando aborda el silencio desde la oposición freudiana entre pulsión de vida y pulsión de muerte: «La palabra aparece así desde el comienzo atávicamente vinculada a un silencio del cuerpo, a esa anterioridad silenciosa del origen [...]. La palabra y lo orgánico comparten el destino de la temporalidad; la condición finita e infinitesimal de la existencia se expone en toda su fragilidad en la conciencia del interminable pasado y del vasto porvenir que se abren más allá del ser [...]. La ausencia de palabras refleja la parálisis que provoca el terror de lo erótico, presintiendo su origen y su destino tanático» [2]. Parece proponer este pensador que en la tensión entre lo que pugna por mantener la vida y lo que insiste en restablecer el estado anterior a ella, el silencio se presenta para dejar constancia de esa lucha en la que tiene lugar la existencia humana, como lo haría un notario que atinara a inscribir en un documento lo que de otro modo no pasaría de ser una intención, una propuesta, un propósito. Eso efímero que figura la palabra dicha y que es, empero, dicho para siempre en el marco de la sesión, porque lo enunciado en presencia del analista no se borra, es atemporal y trasciende aun eso que muere cuando muere la sesión, cuando se restablece el silencio.

El ensayista, filósofo y poeta Santiago Kovadloff se interroga acerca de qué es el silencio, hasta dónde nos constituye y hasta dónde rehuimos su contacto. En su obra El silencio primordial [17] dedica un capítulo al lugar del silencio en la cura analítica, y conduce al lector hasta el momento en que el paciente ingresa por primera vez en la consulta del analista: «[...] en ese primer momento, el paciente, no reconociéndose en lo que ve, cree estar ante un silencio ajeno: el silencio del otro. La cura, se diría, consiste en ayudarlo a percatarse de que el silencio que en primera instancia estima extraño a él es, en verdad, su más íntimo silencio. El paciente, en consecuencia, es ajeno al hecho de que, al franquear el umbral del consultorio, se encontrará con aquello mismo que hasta allí secretamente lo lleva. Pero el secreto que él padece ahora ha tomado cuerpo. Encarnado en la figura del psicoanalista, lo observa, lo indaga, lo espera. El paciente ignora, por el momento, que la cura sólo se consumará si logra enfrentarse críticamente al solapado deseo que configura el objeto de su búsqueda consciente [...]». El silencio encubre cuando remite a la palabra implícita, a lo que está oculto tras un velo, pero también descubre cuando remite a lo indecible; hay algo que no cabe en las palabras «porque su índole no es compatible con ellas» [17]. Un silencio, podríamos decir, a veces expresa más que mil palabras.

7. Conclusión

Hay un silencio primordial del que toda vida proviene. Ese estadio precedente a la existencia concentra en sí el secreto de nuestro origen, ese movimiento inefable y mudo que posibilita la emergencia de la vida allí donde hasta entonces sólo reinaba lo inanimado. Según lo que hemos planteado en este estudio, aunque la experiencia de la vida recubre cada vez más de ruido ese núcleo primordial silente hasta tornarlo inhallable, cada ser humano porta en sí el silencio como un tesoro escondido en un lugar desconocido para sí mismo, y la sesión analítica podría ser el marco y la herramienta para hacerlo brotar, no con la intención de que el paciente se instale en él, sino para que, una vez descubierto en su escondite, el silencio le sirva de apoyo para lanzarse una y otra vez en brazos de la asociación libre. Sería ese un silencio reparador, curativo, fecundo en tanto obraría como abono para un crecimiento posterior, como el vacío necesario —el vacío de representaciones que ya apuntaba Freud, eso faltante, eso que hace lugar— para que de él emerjan los decires que conduzcan a aflojar y reducir el malestar de la existencia.

«La tremenda cantidad de información eleva masivamente la entropía del mundo, y también el nivel de ruido. El pensamiento tiene necesidad de silencio. Es una expedición al silencio», dice Byung-Chul Han en La agonía del Eros [15]. Hacer silencio, llamarse a silencio, añadimos, también es dar el primer paso de una expedición hacia el autoconocimiento, en el sentido en que lo entendían los antiguos griegos. Desde esta perspectiva, se hace necesario escuchar ese silencio más acá de la resistencia, atender a él como una emergencia de nuestro tiempo y tender a concebirlo como un elemento más de lo que el paciente trae al análisis, así como trae no sólo palabra, relato, discurso, sino también un cuerpo que, en silencio, es capaz de una expresión distinta.

Es el silencio no entendido como enmascaramiento, como envoltorio falaz de un significado posible. Es lo silencioso a lo que aludimos, no a lo silenciado; de aquél brotará la palabra sanadora, mientras que éste reinará con su máscara en el eterno carnaval del engaño.

8. Agradecimientos

Quiero dar las gracias al maestro Enric Boada (1931-2019) por darme a conocer un silencio que, cierto día, me permitió escuchar todo el sonido del Universo.

Gracias a la Vida, que me ha dado tanto.

Barcelona, marzo de 2019

Referencias

[1] Karl Abraham. «La influencia del erotismo oral sobre la formación del carácter». En Obras Completas. Madrid: RBA, 2006.
[2] Max Colodro. El silencio en la palabra. Aproximaciones a lo innombrable. Santiago: Cuarto Propio, 2000.
[3] Sándor Ferenzci. El silencio es oro. En Obras Completas, vol. ii. Madrid: RBA, 2007.
[4] Robert Fliess. Silencio y verbalización: suplemento a la teoría de la regla analítica. Recogido en El silencio en psicoanálisis [19].
[5] Sigmund Freud. «De guerra y muerte. Temas de actualidad». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xiv: Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico, Trabajos sobre metapsicología, y otras obras (1914-1916). Buenos Aires: Amorrortu, 1984.
[6] Sigmund Freud. «El malestar en la cultura». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xxi: El porvenir de una ilusión, El malestar en la cultura, y otras obras (1927-1931). Buenos Aires: Amorrortu, 1986.
[7] Sigmund Freud. «Esquema del psicoanálisis». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xxiii: Moisés y la religión monoteísta, Esquema del psicoanálisis, y otras obras (1937-1939). Buenos Aires: Amorrortu, 1986.
[8] Sigmund Freud. Estudios sobre la histeria (1893-1895). Col. Sigmund Freud Obras Completas, vol. ii. Buenos Aires: Amorrortu, 1985.
[9] Sigmund Freud. «Lo ominoso». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xvii: De la historia de una neurosis infantil (caso del «Hombre de los Lobos»), y otras obras (1917-1919). Buenos Aires: Amorrortu, 1986.
[10] Sigmund Freud. «Recordar, repetir y reelaborar (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, II)». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xii: Sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente (caso Schreber), Trabajos sobre la técnica psicoanalítica, y otras obras (1911-1913). Buenos Aires: Amorrortu, 1986.
[11] Sigmund Freud. «Sobre la dinámica de la trasferencia». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xii: Sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente (caso Schreber), Trabajos sobre la técnica psicoanalítica, y otras obras (1911-1913). Buenos Aires: Amorrortu, 1986.
[12] Sigmund Freud. «Sobre la iniciación del tratamiento (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, I)». En Sigmund Freud Obras Completas, vol. xii: Sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente (caso Schreber), Trabajos sobre la técnica psicoanalítica, y otras obras (1911-1913). Buenos Aires: Amorrortu, 1986.
[13] Kenneth J. Gergen. El yo saturado. Barcelona: Paidós, 2006.
[14] Ralph R. Greenson. Técnica y práctica del psicoanálisis. Mexico: Siglo xxi, 2004.
[15] Byung-Chul Han. La agonía del eros. Barcelona: Herder, 2014.
[16] Martin Heidegger. Camino de campo. Barcelona: Herder, 2012.
[17] Santiago Kovadloff. El silencio primordial. Buenos Aires: Emecé, 2009.
[18] Jacques Lacan. «La dirección de la cura y los principios de su poder». En Escritos ii. Buenos Aires: Siglo xxi, 1984.
[19] Juan David Nasio. El silencio en psicoanálisis. Madrid-Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1988.
[20] Blaise Pascal. Pensamientos. Madrid: Valdemar, 2005. Consultado en Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
[21] Wilhelm Reich. Análisis del carácter. Barcelona: Paidós, 2005.
[22] Theodor Reik. El silencio en psicoanálisis. Buenos Aires: Amorrortu, 1988.


Notas

1 Estos estímulos contribuyen a la supresión de la autoconciencia de ser, que Kenneth Gergen describe como tecnología de saturación social [13]. 
2 En tiempos donde la libertad se reclama y se promueve desde los diferentes poderes, son pocos los que se atreven a darle el estatuto que le es intrínseco: su ejercicio. 
3 A excepción de como lo contempla en un pasaje de Lo ominoso, donde relaciona el silencio, la soledad y la oscuridad con la inextinguida angustia infantil [9]. 
4 «[...] Mientras escucho, yo mismo me abandono al decurso de mis pensamientos inconcientes» [12]. 
5 Lo que no significa que, en determinados momentos, un análisis no requiera de un formato dialógico, así como de construcciones, aclaraciones, explicaciones y otras figuras del lenguaje que introduzcan la razón. 
6 Nos referimos aquí al ser individual, que lleva una existencia temporal mayormente ilusoria, pero cuya naturaleza verdadera es el Ser intemporal, inmutable e inefable, según la tradición de los Yoga-sutra de Patañjali. 
7 Una religiosidad que no tiene cabida en ninguna iglesia, que no requiere de templos ni de rezos. Una religiosidad que más bien deberíamos llamar espiritualidad. Una religiosidad como expresión de amor universal. 

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