Textos para pensar


Sobre el pensamiento
De múltiple interés para el psicoanálisis

Juan Carlos De Brasi [CV]

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Nota del Editor

El presente texto fue distribuido como soporte a la ponencia del mismo título presentada por el autor el sábado 11 de mayo de 2013 a las 16:30 en las XIII Jornadas Psicoanalíticas del EPBCN, tituladas Aperturas en psicoanálisis (II).

Una versión modificada del mismo pasó a formar parte del libro del mismo autor titulado Elogio del pensamiento (EPBCN Ediciones, 2015).

Lejos de nosotros la funesta manía de pensar.
Profesores de la Real y Pontificia Universidad de Cervera, cuyos estatutos fueron aprobados en 1726 por el rey Felipe V.

En principio se trata de situar ciertas operaciones y elucidaciones de pensamiento. Situar aquí equivale a decidir, tomar una decisión respecto a sus cursos, por dónde derivarán. Esto pone en juego, enseguida, el asunto de la crítica y básicamente en un aspecto casi olvidado de ella. Se ha resaltado, a menudo, la idea de krisis —análisis segmentario, unitario, etc.— que yace en la crítica, pero se omite destacar la de krinein (decisión) que la acompaña. Y es la decisión como yo la llamaría de hacer que un pensamiento sea captado en una trama compleja y no en su nido autoral o en el texto literal de un precursor.

Es más, no se da la problemática de un autor determinado, sus referencias, referentes, afluencias, confluencias e influencias, sino es en el ámbito de la trama mencionada, donde el sujeto queda liberado de la esclavitud de su «yo soy», «yo creo», «yo tengo la propiedad», etc. Y no porque esto no sea así, sino porque en el campo del pensamiento deja de ser de ese modo. Pensar es des-pertenecerse, volver impensable e imposible al «yo tengo», al «es mío». Por otro lado esto funciona así tanto en el campo de las producciones científicas como en el de las producciones historiales. Si viéramos algunos períodos, ellos serían la prueba inequívoca de esa urdimbre sin propiedad ostensible. Recién con el derecho de autor, alrededor del siglo XV comienza a legitimarse una propiedad sustantiva, ligada a un nombre específico, a una unidad determinada, a una identidad definida que se especifica como autor e inmediatamente autor-idad intelectual.

I

Por ese rumbo se instalan otras cuestiones que serán recurrentes, donde semblantea toda una dimensión de la formación y la distribución comunicativa.

La vieja versión platónica de las fuentes o neoplatónica de la emanación reaparece ahora con toda su fuerza y esplendor ligadas al problema de la identidad, sea de un autor (identidad de origen y sentido), de un estilo (identidad de forma y manière) o de un discurso que se considera cerrado y compuesto por sus reglas de formación estrictas, es decir, por una cierta identidad lógica. Obviamente esto tiene algunas consecuencias que no nos apresuraremos a considerar favorables o desfavorables. En todo caso diremos que son consecuentes con los principios de tal posición. En primer lugar, la esencialidad («Lacan es hegeliano» o «Freud es leboniano en tal o cual punto»). Después, el reinado de la deuda mercantil ( «este concepto o instrumento se lo debe a…»). En tercer lugar, un régimen de captura («esto es de, aquello pertenece a, lo de más allá está tomado de, etc.»). Como es notorio está presente siempre la remisión a una sustancia ya realizada en algún lado, en tanto Precursor (donde las cosas deben tomar un precurso, un curso previamente diseñado e inevitable) y no como un Predecesor que no autoriza ni desautoriza, sino que genera sólo un régimen de afecciones. De este modo la «quest» (misión) de la cuestión (ques-tion) será problemática orientada por la inagotabilidad de la pregunta; y no sólo teoremática resuelta por un conjunto de soluciones, su coherencia y sus reglas de construcción.

II

La pertenencia a un campo de pensamiento no es arbitraria. No se pertenece a cualquier cosa ni de cualquier manera. Tanto las cosas como las maneras van siendo esas y no otras, por lo menos, no caprichosamente otras. Dicho de distinta forma: no se está incluido en un pensamiento a voluntad, es más, a menudo se lo hace contra la voluntad, cuando ésta ha comenzado a evaporarse y la conciencia da paso a sus fallos y grietas, es decir, a las verdades que la van determinando a través de un complejo proceso. Procesar es captar que la voluntad y la conciencia son tales cuando rehúyen su inmediatez hacia la red de sus constituyentes, cuando dejan de tomarse como «facultades» o «meras fuerzas de imposición».

Así fueron consideradas una y otra, tanto en la «psicología de las facultades» (que facultaba para dar luminosidad a todo), como en la «psicología de la voluntad» (que llegó a situarla en la naturaleza misma de las cosas). De ahí que una pertenencia no pueda ser satisfactoriamente puesta de relieve por una «teoría de la luz» —focal en el caso de la conciencia—, ni por una «teoría dinámica» —de la voluntad; y más tarde, históricamente, centrada en la noción de motor y motor a explosión—. La pertenencia requiere, por el contrario, el fino hilo de la tradición y su entramado. Que la tradición se teja, que sea un tejido de tiempo, no es sólo una feliz metáfora. Ya retomaremos esa dimensión lanzada, desde un futuro imperfecto —que estamos siendo— hacia nosotros.

III

En la lógica temprana y en las lógicas más tardías, casi todas ellas de carácter matemático o matematizable, el concepto —y más vastamente el pensamiento, sus componentes— ha sido confundido con la proposición, y básicamente con la proposición lógico-gramatical, cuya estructura se redujo (aunque luego tal reducción sea objetada en el mismo ámbito de la lógica formal) a sujeto y predicado. De ahí que la gramática oracional fuera tomada como la operación racional por excelencia, y en ella se confundiera lo racional con el pensamiento mismo; por eso la gramática de Port Royal se denominó Art de penser. Así, poco a poco, fue reinando en el corazón del concepto la cortesanía de la proposición, hasta declarar los propios cortesanos que los conceptos son «proposiciones carentes de sentido».

En adelante me referiré básicamente al grueso del empirismo lógico y, en absoluto, a las diversas lógicas formales, cuyas contribuciones son relevantes para el desarrollo del conocimiento y del pensamiento en general. Por otro lado aludo, también, al furor formalizante (no a las operaciones de formalización que son algo muy diferente en manos idóneas) que intentó dominar —1940, 1960, son algunos datos indicativos— ciertas disciplinas y regir el disciplinamiento del pensamiento mismo; voces de mando que se actualizan, irónicamente, en la médula de una práctica que se creía emancipadora.

Existe un famoso (célebre por lo celebrado, no por sus cualidades) opúsculo de R. Carnap llamado La superación de la metafísica mediante el análisis lógico del lenguaje, donde se pretende dar cuenta del sinsentido de los conceptos, denominados con cierto uso y abuso, «metafísicos». El libelo hizo época, sobre todo por lo que intentaba des-hacer. Estos embates reaparecen periódicamente. Cuando Carnap analiza —según él— proposiciones como «la nada nadea», «el verde verdea» o «el mundo mundea», que transitan desde los estoicos a Heidegger, retacea sus propias estrategias que consisten en negar el proceso de constitución de las mismas ciencias, es decir, re-negar de la importación, la traducción y la suposición. Toda ciencia maneja estos plegamientos. Ni la lógica, en algunas de sus ramas, ni las matemáticas van totalmente a la zaga, sea en las matemáticas puras o en las aplicadas.

Se importa quiere decir que eso que es traído al campo específico importa, es importante para él. No se importa cualquier cosa, sino aquello que pone en juego una función (por ejemplo la transmisión, un modo de intervención, etc.), y las transformaciones que se dan en el campo específico.

Hay traducción quiere decir, en primer término, imposibilidad, descreencia. Que traducir sea «imposible» indica, ante todo, que hay un proceso inconsciente, y que éste, como el asunto de la traducción, no puede colmarse, agotarse en ningún lado, ni en ningún régimen establecido. Y, también, en la traducción se descree que al pasar de un plano a otro de una lengua a otra, de una variedad a otra, que exista una analogía o una semejanza ciegas. Si se diera alguna creencia sería —y en el campo del pensamiento es así— que al traducir se amplían las diferencias, pero se consolida el intercambio y los interlocutores no previstos, lo cual no es poco, a pesar de ser insuficiente.

Implica constante suposición quiere decir que el punto de partida es siempre, y por lo menos, dos, entre dos, que no hay discurso único, unificado, sino en devenir, diseminado.

Ahora bien, retomando a medias, esas críticas ignoran sus mismos procedimientos, o sea: la tensión que las modula, pues «lo que puedo decir no lo puedo mostrar, y lo que puedo mostrar no lo puedo decir» como señalaba Wittgenstein. Es decir, ignoran que lo cierto de sus certezas es lo que está en cuestión y no el ajuste de cuentas que cree ejercer con destreza, aunque ésta no les falte, es más, hay un exceso de habilidades sin pensamiento efectivo. Una serie de procedimientos reglados, un conjunto de recursos técnicos, cuya finalidad inconsciente es resistir todo lo posible a un acceso, a los verdaderos accesos, que un camino de pensamiento requiere para circular por él.

IV

Enseguida lo constataremos. Antes una acotación. Obviamente, y por lo que fuimos señalando más arriba, esta exposición no puede escapar a su propio modo de exponerse y al juego de sus suposiciones. Quizás, quepa recordar que las exposiciones eran un instrumento de salida (ex) de uno mismo (ponerse como unificado), un arte del arrojo, una valentía nada desdeñable que acuciaba a un pensamiento en su rumbo hacia la verdad.

Hegel, Freud y más tarde Heidegger, subrayaban un matiz: la derivación de formas que atravesaban a sus exposiciones. En la Introducción a la Historia de la Filosofía, Hegel le otorga la misión y la tarea de marchar por «la necesidad pensada y conocida de las determinaciones». Sólo así se puede desembocar en el ámbito de un pensar radicalmente nuevo bajo un antiguo nombre. Destaca, «la exposición a que nos referimos incumbe, preferentemente, a la lógica». De ella hablaremos rápidamente y de las lecturas que dispara hacia nosotros. Exponerse, entonces, es inevitable cuando se apuesta a un pensamiento realizativo; es el acto por el cual lo escuchamos en su insistencia, en una insaciable repetición que lo hace diferente para cada lectura o forma de acercamiento. Aún una comprensión limitada, una «lectura de época», jamás puede aspirar a una explicación satisfactoria, pues apenas constituye una época de ese tipo de lectura.

Es innegable que la estrategia discursiva de la justificación por las «condiciones históricas» destila algo de mezquindad ante las creaciones perdurables. De modo que la ex-posición de un pensamiento no puede evitar ir más allá, desbordar las «circunstancias epocales», los «períodos definidos», las «cronologías estrictas», los «avatares confesionales» (salvo cuando un género —por ejemplo en Rousseau— se rebasa a sí mismo) o los «esclarecimientos biográficos». En realidad pivotea en esas casi-causas, pero no las reconoce como constitutivas, sino como pasos, pasajes y pasadizos que nos siguen conduciendo fuera de ellos.

Un pensamiento es tal porque siempre está en otra parte, desencontrado consigo mismo. Rehúye las «adecuaciones» señaladas antes. Y cuando encaja con alguna de ellas, y se intenta resolver en su género próximo y su distinción específica —sean los de una «biografía» o los de un «hecho histórico»— ya no circulamos por los senderos de un pensamiento, sino por ciertas formas de su institucionalización. Al ex-ponernos intentaremos discriminar este equívoco para no explorar globalmente a unas por otro, aunque sean unas gracias a otro, y si el gato no es sin la liebre en el mundo animal, ahí también se sabe cuándo se caza a uno o a otra.

De las suposiciones por otro lado no podemos escapar. Son las carceleras del lenguaje, de las intuiciones, de los conceptos o de lo que se quiera poner entre rejas.

V

Ya señaladas las nociones que omiten las estrategias discursivas de algunos autores de referencia y bajo cierta moda (Carnap, M. Onfray. C. Meyer y legión), es preciso hacer un giro —por otro lado exigencia metódica— de lo que en cierta mesa del saber está en juego. Como no tememos la repetición —siempre alejada de la réplica— porque en ella nos constituimos, detengámonos nuevamente en los tres hitos mencionados.

Estimo que es una idea no sólo compartida, sino comprobada, que los distintos saberes, los universos científicos, sus lógicas de investigación y aplicación, las diversas orientaciones epistemológicas, las dilatadas mesetas del pensamiento, y múltiples quehaceres, funcionan mediante complicados mecanismos de importación. Tratemos de ir avanzando, lo cual no evita el necesario paso atrás para tomar impulso, mediante algunos ejemplos; no sólo porque ellos sean «ejemplares», también de alguna colección, sino porque un ejemplo se forma a través de una compleja trama de casos y en la urdimbre de una larga temporalidad histórica. Esto es lo que distingue a un ejemplo de una anécdota, colgada de la baba de un instante fugaz.

Todavía cabe un leve desplazamiento, pertinente, al alemán. Es fascinante como el término Beispiel (ejemplo) ha importado y sometido a su propia composición interna la evocación de otro en su juego (Spiel). Aquí notamos que la importación no es un simple pasatiempo del cual a veces se revelan las «fuentes» (otro término importado de las «fuentes de agua» populares al discurso de la «emanación», v. gr. Plotino) y en otra se las deja innombradas.

La importación —también de mercancías— hace al juego del lenguaje, el concepto y las formulaciones científicas mismas. La omisión de nuestros autores (conjunto abierto que en adelante llamaré así) aparece, entonces, como no banal, consistente con lo que en principio buscan eludir, la autorreferencia a una lógica «diurna», representativa, formalmente simbolizable, identitaria, etc. que, en los connubios de las academias y los poderes, logró impostarse y cobijarse bajo el «silogismo correcto», vía seguida en el «arte de pensar» y en el metadiscurso de las «lógica matemática».

Así la lógica de un modo discursivo se entroniza como la lógica que debe regir a los enunciados lingüísticos y su cientificidad. Claro, después, después de un después remoto y futuro, todo se vuelve lógico. «Es lógico», por ejemplo, responde a esas lógicas que naturalizan, para la cultura, los mecanismos que ha impuesto como tales.

Pero no deslicemos detrás de ese expansionismo pre-consciente una intención ideológica, aunque ella sea ideológica por naturaleza, una vocación imperial, una obstinación racionalista o una ignorancia sostenida acerca de la existencia de otras lógicas. Los estoicos, Desargues, Galois, Marx, Freud, Godel, Derrida, Déleuze, Heidegger, etc., son marcas indelebles de su vigencia. Indeleble es aquella marca que talla con más fuerza cuando se la cree borrada... del mapa. Ahí están, para testimoniarlo, los mapas que Freud aconsejaba hacer en el caso del «pequeño Hans», o los que recomendaba Marx para reconocer los «territorios de la miseria» en su infinitud «sintomática». Se trata de otros decursos y recursos lógicos.

Decíamos que no se importa cualquier elemento, sino aquel que modela una función. Añadamos que la función es una exigencia de «funcionar» y no una manera de estar ocupando una silla o un lugar en el organigrama. Además hace carne con un modo de «funcionamiento» requerido, solicitado por el ámbito donde un discurso está insertado. Qué estoy diciendo ahora, lo siguiente: la importación, como impronta del pensamiento científico es lo que desde éste no alcanza a ser pensado. Ella, siguiendo la lógica que apenas esbozaré en estas notas sobre un proceso de pensamiento propicio para el psicoanálisis. Se trata de un entre, de una lógica sui generis.

Lo importado atraviesa lenta y velozmente, obvia e imperceptiblemente, tiempos y latitudes, fronteras y umbrales, soportando guardias de aduanas e impuestos disciplinarios, trastocando cabezas e intolerancias (Savonarola, Spinoza, Harvey), hasta que, en un final sin término, se convierte en materia prima, se instala, al modo de un fetiche, ya que parece haber estado ahí desde siempre, capturando la atención y los desvelos de la búsqueda científica. En la sombra, por ejemplo, de las infinitudes de la sustancia en Spinoza, de los infinitos abiertos en el movimiento del «espíritu» por Hegel, del inconciente Freudiano, o en otro aspecto la lógica sin propiedades ni representación plena que divulgó Sexto Empírico en su Adversus Mathematicus (que, en realidad, es Contra los profesores, gramáticos, astrólogos, aritméticos, músicos, etc.) Son esas sombras de las que caen sobre la «multiplicidad» —salida de lo múltiple— en la geometría de Riemann o sobre la teoría de los números «transfinitos» en Cantor.

La importación, en una ciencia o saber dispar, actúa siempre a la manera de una sombra instalada en el centro luminoso de la enunciación, concepto o estipulación gnoseológica. Y ello funciona de modo directo o invertido, sea la teoría de la luz para el «cogito» cartesiano, la óptica y el motor para la «perspectiva» y la «fuerza» nietzcheanas, o el pensamiento circular para la comprensión de los astros y la invención de la rueda, gracias a la cual podemos hacer rodar el pensamiento.

Llegados a que sin importación, nada importa ni se com-porta, ni se con-forma en un campo determinado —científico o no—, vemos que eludirla deja tuerta la exposición que se cree rigurosa. Más aún, invalida cualquier pretensión tribunalicia que pudiera arrogarse. Si las sentencias (proposiciones) sobre el sin-sentido o «melangée» de otras, frases o enunciados (acontecimientos) son tales, es porque, ante todo, dictan una sentencia acerca de lo que vienen esquivando, el carácter esencial de la importación y los otros partenaires: la traducción y la suposición. Cuando despleguemos rápida y brevemente sus nódulos surgirá inequívoca la decisión (krinein) crítica y sonarán algunas voces de otras lógicas, quizás lejanas, de tanto alejarlas.

VI

«Dime qué opinas de la traducción y te diré quién eres», enfatizaba Heidegger. La traducción es un delicado asunto de la apropiación conceptual. No podemos evitar su necesidad para la ciencia, la literatura, la filosofía, el psicoanálisis, etc., aunque resulte imposible «otorgarle la transparencia que ella desearía», subrayaba Marx continuando la senda hegeliana del diálogo irresuelto entre las dos «únicas» filosofías; la griega y la alemana.

Central para las formulaciones científicas y los procesos de pensamiento, el problema de la traducción ya nos revela dos rasgos iniciales que rasgan el afán de completud, la idea de un pasaje término a término o la imposibilidad de recurrir un significado con otro y la pretendida claridad de tal operación. Ante todo una traducción verdadera se aparta de cualquier modo de «objetividad», no en el sentido de replegarse en una subjetividad, sino de que siempre implica al intérprete, lo supone.

Pensar es hacerlo en un determinado ámbito de traducción, donde los lapsus, fallidos, olvidos, son sus materiales más habituales. La misma práctica analítica verifica palmo a palmo esas constelaciones. No es otro el procedimiento que lleva a Marx a detectar el «lapsus» de la Economía Política cuando confunde o co-funde la «fuerza de trabajo» (ésta en su relieve de mercancía con un precio regido por oferta-demanda) y «el trabajo» productor de valor que se realiza por el lado del a-precio.

¿Qué estoy resaltando en este punto? Que la traducción es indelegable tanto en las áreas de pensamiento, como en las científicas, donde la ejecución y manipulación de realidades no dejan pensar sobre los supuestos puestos en marcha en cada objeción, o aún en algún destello de «crítica justa» como la de «nuestros autores» que todavía no piensan —sino «consignan»— en el horizonte de lo criticado.

¿Qué nos resta por el momento? Dos indicios: toda traducción pone en juego un régimen de «apropiación» y una ilusión de «transparencia». Si de apropiación se trata habrá que poner de manifiesto, entonces, las estrategias discursivas que se utilizan para destacar la lógica científica de un pensamiento en función del demérito de otras y sus plurales desarrollos. Si de alucinar «transparencias» se tratara habrá que preguntarse con qué ideas de concepto, definición, luminosidad-oscuridad, representación, verdad, enunciado, coherencia, etc., estamos dando cuenta cuando apelamos a lo científico o al pensamiento para certificar su existencia.

Por ejemplo, yendo hacia lo que va importando aquí, no puedo sin una verdadera tarea interpretativa (ahora introduzco un término de interés: interpretación) volcar el sinthome lacaniano en el vocablo síntoma, pues en él se condensa primariamente tanto syntômecomo symbolique, donde el «¡goza!» (Jouis!) resuena en el «¡oigo!» (J'ouis). Además el sinthome sería imposible en el animal, ya que en él se escucha finalmente la dicción específica del hombre [hom(m)e].

Otro tanto ocurre con lalangue que no es langue, de la que señala Lacan «yo escribo en una sola palabra para determinar su objeto». Este «objeto» no puede ser el de la epistemología, enfrentado a un sujeto que lo constituye, sino el petit a, desprendido del otro, el del casillero vacío (-φ) que alimenta el deseo y el errante trastabillar del fantasma.

Estos ejemplos tomados de Lacan apuntan a la tarea de la traducción, más allá de que podamos estimar sus neologismos como calambures prescindibles.

En una palabra y para decirlo a medias: la interpretación es el trabajo incesante que subtiende, que tensa de manera irresuelta, que somete lo decidible a prueba. Más aún, que deshace a ésta como simple prueba definitiva, ya que su función es abrir y no sólo constatar un hecho teórico, empírico, lexical, proposicional o una frase sobre la que emerge un pensamiento.

De ahí la dificultad previa al abordaje de los pensadores que en general, nos puedan interesar. El vocablo «traducción» reúne, para mí, a distintos especímenes y campos de conocimientos aparentemente ajenos entre sí. Por eso la verdad que los acerca, sin fusionarlos, es, en uno de sus aspectos, la verdad cesurada e imposible de la traducción, sabiendo como dice Heidegger que

«toda traducción es ya una interpretación [agreguemos: entre lenguas, intralengua, entre diferentes regiones del saber, etc.] Toda interpretación debe penetrar previamente en lo dicho y el estado de cosas allí expresado [guardemos esta frase para después]. Esta penetración, según es de creer, no será tan fácil en nuestro caso como penetrar en un jardín para hablar de un árbol».

Así la traducción —supuesta la interpretación hacia la que tiende— hace confluir lo ajeno y lo propio en un tercero que no es ni lo uno ni lo otro. Un tercero que no cierra en triángulo, por el contrario, tensa los lados en una labor constante; labor en fases, des-fasada, de doble faz, de ida y vuelta que Freud destaca con precisión en un texto de 1923 (Señalamientos sobre la teoría y la práctica de la interpretación de los sueños. Ahí dice: «La interpretación de un sueño se distingue en dos fases, su traducción y su ponderación o utilización»).

Por otro lado, la traducción es un empeño que nos hace familiar lo extranjero, que nos alimenta sin saberlo, pues debido a ella incorporamos a nuestra lengua términos extraños u otros literalmente ajenos (Light, devenir, stand, aggiornamiento, stress, etc.)

VII

Con estos llamados de atención creo que es clara la copertenencia de los movimientos de la traducción y su carácter interno a la trama del saber: saber que no puede reducirse a sí mismo —aunque sea como no-sabido— .

Está ligado al des-ser que lo funda en la plena diferencia consigo mismo. Esto lo ha formulado Hegel a su manera en La Ciencia de la Lógica (que yo llamaría lineamientos anticipados a El Ser y la Nada de Sartre) cuando afirma «es una gran perspectiva la que se gana al conocer que el ser y el no ser son abstracciones sin verdad: lo primero verdadero es sólo el devenir».

El devenir, traducido ahora en toda su complejidad, hace del ser una desrealización, como principio de cualquier relación o presencia en que éste después sea pensado. Otro dardo, razonable, que Hegel le arroja, por encima de la historia, a Heidegger. Y la flecha, impulsada por un huracán llamado «joven Marx», da en el blanco, en ese color de las etimologías, donde aquél hizo algunas incursiones. Después la puntuaremos.

Nos queda el último hito de estas derivaciones, la suposición.

Decíamos que la suposición, lo supuesto de un pensamiento, es por lo menos dos, un entre. Tal lógica no apunta a las unidades que pueden situarse «entre» Barcelona y Buenos Aires, p. ej. Tampoco puede representarse —según una imagen de Heidegger— como «una cuerda tirante entre dos extremos». Dicho «entre» es una hendidura plegada. O si queremos alargar para atrás su sentido, es el «entre» que Freud pone entre la conciencia y el inconsciente. O Marx deslizándolo en el interior de la plusvalía que, como nota Lacan en el seminario De un Otro al otro, no es ni plus ni valía, sino el «entre» jugado inter palabras, un «plus de valor».

Es notorio adónde apuntamos con este inevitable circunloquio que arrancó con el asunto de la importación conceptual, el problema de la traducción regional o global y la cuestión de la suposición discursiva y no representativa, es decir, más allá del campo reflexivo.

Lo notorio, aunque no sea notable o haya caído al costado de las notas, es que hablamos de la «preteridad de los conceptos», de su pertenencia y pertinencia, sin que pueda atribuírseles la propiedad a alguien, lo cual no quiere decir que escaseen los verdaderos instrumentos de captura y apropiación de los mismos. Enseguida despejaremos esa noción de «preteridad» que orienta la construcción de los conceptos y el camino del pensamiento. Y, asimismo, señalaremos algunos de los mojones con que una lógica diferente funda su arquitectura y los senderos para recorrerla y apreciarla. Ello será nada más que un breve colofón.

Estimo que usé términos muy fuertes (bueno, este no es un pensiero debole) para nominar a las suposiciones «punto de partida» —como si hubiera uno de llegada—, «sin salida», «carceleras del lenguaje», etc. Eran matices cercanos a las tesis y tesituras, pero requeridos por la misma forma de lo que es «suponer» en general, o sea: ocultar en lo dicho lo no dicho del decir. Por lo tanto, en nuestro paso de cierto develamiento resuena el quehacer psicoanalítico, cierto que de modo peculiar, acorde con cada oreja. Por eso al revelar un supuesto se produce un gesto parecido al de arrancar una muela o extraer una espina de pescado. Como las muelas, arraigan y como las espinas, los supuestos están clavados. En sintonía con esto dice Hegel «los últimos fundamentos se dan por supuestos…». En su método, presuponen ya la lógica, los criterios determinantes y los principios del pensamiento en general. Ponerle un medio-decir, aturdirse con ellos, no deja de ser una tarea dolorosa, allí donde se suponen y aquí donde se exponen.

Con un ejemplo le pondremos un broche a lo que aludimos en la trama de la pertenencia y al juego éxtimo de la suposición. Es a propósito del nombre propio. Se habrá notado que en él se instala el régimen de posesión, la idea de autor, de patrón del texto —dueño y medida del mismo—; de clave significativa, de unidad de significación, de origen, originalidad y sustancia de lo expresado, de genio irrepetible donde la obra adquiere unidad y sentido, de individuo in-diviso excepcional, o, en palabras de Hegel, de «alma bella», «buena voluntad» y demás.

Tomemos el nombre propio «Cervantes», gloria literaria, premio para quienes buscan tenerla, único e intransferible. ¿Es así desde el nombre propio? No, por lo menos implica dos suppositio (suposiciones) diferentes. Una, «el manco de Lepanto». Otra, «el autor del Quijote». Vale decir el nombre «Cervantes» no se constituye ni en un apelativo ni en el otro, sino entre, en esa falta de relación inicial que, sin duda, «manquea». Así como la nada de Heidegger «nadea» o el verde «verdea». Otro tanto pasa con Freud, Marx o Husserl, que son tales a partir de situarse entre el patronímico y el psicoanálisis, el patronímico y el materialismo histórico, el patronímico y la fenomenología.

Entonces adquiere todo su sentido, desde el sin-sentido que lo dispara, el que algunos sean «pensados» desde el psicoanálisis, el materialismo histórico, la fenomenología u otras corrientes. Ello quiere decir que podemos andar por los mares de un pensamiento porque éstos ya han establecido sus supuestos, el qué y el quién del mismo, jamás cómo ponerlo a funcionar, cómo realizarlo y cómo se debe pensar. El mar siempre nos precede, cómo navegarlo nunca podremos predecirlo acabadamente. Negar esa precedencia es el riesgo, tan actual, de morir ahogados, sin averiguar si podríamos habernos vanagloriado de saber nadar. Nada menos que haber podido mantener a flote un pensamiento.

Colofón prometido: ¿«el verde verdea» es una proposición sin sentido?

Otra pregunta, ¿es siquiera una proposición que haya sido explorada desde la lógica de Aristóteles a la fecha? Aún, ¿alguna tendencia de la lógica matemática o el análisis de las proposiciones científicas, empiristas o deductivistas, se han ocupado de ellas? De modo general responderíamos que sí ¿Pero para qué? Para exorcizarlas bajo la doble condena de que no debe penetrarlas ni la paradoja ni el tiempo, una introduciendo al otro o viceversa. Esta ceremonia exorcizadora ocupó a los Principia Matemática de B. Russell, así como los ingentes tratados de sus seguidores. Sin embargo, hoy, autores formalistas como Saul Kriple terminan concediendo que «no hay propiedad semántica o sintáctica de un enunciado que pueda garantizar no ser paradójica» (Naming and Necesity).

Para ayuntar a los indeseables —el tiempo, la paradoja— entonces será necesario recurrir al «infinito malo, estéril», como diría Hegel, o al sonsonete «lenguaje objeto-metalenguaje», según cierta lógica en curso. Mediante estos pisos de un edificio interminable e insulso se aspira a dar cuenta de la «cientificidad» de un discurso y del estatuto de su complejidad.

Sin embargo, es sabido desde el siglo XIX que los enunciados y frases tales como: «el inconciente es eterno», «toda conciencia es falsa conciencia», «todo arte es pretérito», «la nada nadea» o «el mundo mundea» no son, en realidad, proposiciones, pues nada se produce en ellas que deba permanecer para ser verificado. Son capas de superficie de una enunciación que les inquieta y hace perder sus límites espacio-temporales, morfológicos y gramaticales, sintácticos y semánticos. El es de alguna de ellas, no responde a la identidad lógico-formal, sino al «vacío enunciativo» donde el sujeto y el predicado se rebasan mutuamente en el movimiento del lenguaje. Ya no se trata de «propiedades» (tal es más alto que... o más bajo que...), sino de «procesos verbales», donde el infinitivo es el modus infinitivus, como dice Heidegger: modo de la ilimitación, de la indeterminabilidad, es decir, el modo según el cuál un verbo ejerce y muestra en general el rendimiento y la dirección de su significado. Y qué decir del participio (donde muerden distintas lógicas: del sentido, del resto o parergon, del himen, de la contaminación, de la doble banda, etc.), que participa de dos significados simultáneamente: uno nominal (la rosa floreciente) y otro verbal (lo floreciente opuesto al marchitarse, donde se nombra el proceso de florecer).

¿Adonde hemos llegado? A lo siguiente: la frase el «verde verdea» tiene más «realidad» indicativa y «real» imposible que cualquier proposición denotativa, casi verificable como «verde esmeralda» o «verde mar». La frase marca, además del verde, la incidencia de la luz, la temperatura y otros fenómenos sin el cual el verde no podría «verdear» y ser detectado como tal. Así la frase, en lugar de designar un hecho, realiza una partida doble: designa un estado de cosas y expresa un acontecimiento. El lenguaje encuentra su devenir. Otra lógica es posible. Otras lógicas emergen sin poder ser contenidas en los protocolos de las vigentes, lo cual no les garantiza, como se cree ingenuamente, ninguna pretendida superación por anticipado.

VIII

Llegados al plano indiscernible e indecidible del devenir del lenguaje y el lenguaje del devenir (qué otra cosa son los lapsus, fallidos, olvidos y demás «formaciones inconcientes»), se precipitan algunos puntos que situaremos rápidamente, en función de redondear la problemática de estos plegamientos que generan sus propias dimensiones al desarrollarlas.

Sintéticamente:

Primero. La preteridad de los conceptos nos descubre que ellos no están sujetos a una sucesión progresiva, acotados a una época —en la cual tienen su emergencia— presos de ciertas influencias o definidos por determinadas condiciones. No entrañan soluciones a problemas asentados como tales por una ciencia o saber específico. Tampoco se superan o restan atrapados de un progreso que los tornaría obsoletos. Sólo responden inventivamente a las leyes de su construcción y a las temporalidades que desencadenan.

Los conceptos siempre nos preceden, arriban antes, aunque ese «antes» no sea localizable de manera cronológica o mítica. Y al igual que ellos no se resuelve en ningún lado ni en ningún tiempo medible. No participan del feudo de un autor que autor-izaría su uso o desecho. Por el contrario, es un autor el que sería autorizado a obrarlos en tal o cuál dirección, rumbo que siempre es el de un pensamiento en el cual toman su posición y sentido.

Los conceptos son criaturas delicadas, refulgen o lanzan algún destello cuando se los considera pacientemente. Es decir, cuando son interrogados en una lectura que los impulsa hacia nuevas preguntas. Se cierran o se abren según el régimen de lectura con que se los aborde, o sea: acorde con la labor realizada. Desde este punto de vista podríamos decir que si tienen un «ser», sería un ser trabajándose, una forma gerundiada vuelta interminablemente sobre sí misma.

Un desvío pertinente ya que mencionamos la noción de «ser». Es sabido que Heidegger buceó como nadie en la misma, sea a través de los presocráticos, de Aristóteles o de la misma historia de la metafísica. A menudo la hizo montado en la «ciencia etimológica», como él la denomina. Obviamente ésta es indicial, un derrotero para una construcción conceptual, pues a través de sus estipulaciones no se prueba nada. Los decursos etimológicos son abstracciones útiles en ese campo de la lingüística, pero no responden a las del lenguaje y sus usos, que siguen rumbos más variados e insospechados. Más allá de ese recurso que Heidegger movilizó a su gusto y a disgusto de otros, la señal que siempre recibió es que el «ser» era establecido como «presencia», como lo «estante», «presente», etc., como tapón de la diferencia ontológica. Sin embargo, el joven Marx —en coincidencia con investigaciones actuales— había ligado en su momento la idea del «ser griego» con un «régimen específico de propiedad». Hoy para captar mejor el concepto griego de ousia (que no traduciré para asimilarla tal cual a nuestra lengua) sabemos que esa palabra significó en primer lugar «propiedad rural» y que de ahí deriva el sentido conceptual del «ser como presencia» (Anwesen).

Este desvío muestra, para mí, cómo un concepto ofrece algo de sí cuando uno se deja trabajar —como lo hace la mano del orfebre por un diamante— para él, y no lo origina, causa o corta a voluntad. Sólo un diamante cliva a otro. Sólo un concepto trabaja a otro, desde el punto en que copertenecen al mismo horizonte productivo. Esto nos lleva al tramo siguiente.

Segundo. Que hayamos hablado en el sentido indicado de una «preteridad de los conceptos» señala que ellos circulan y modalizan su curso en una tradición de pensamiento. Olvidemos la tradición como iconografía popular. Ella a menudo se la hunde ilegítimamente en el pasado, pero «en términos más exactos —como dice Hegel— en lo que cae dentro de la historia del pensamiento, no es más que uno de los aspectos de la cosa. Por eso en lo que somos nosotros, lo común e imperecedero, se halla indisolublemente unido a los que somos históricamente». Entonces, más que una inmersión plena en el pasado, la tradición avanza desde el por-venir en los asuntos del saber y del pensamiento. Así, «cada generación crea en el campo de la ciencia y de la producción… una herencia acumulada por los esfuerzos de todo el mundo anterior».

En la medida que es trabajado por un colectivo innominado el mundo conceptual es una herencia que nunca se cobra de manera definitiva. En realidad es un sistema complejo de distribución de los seres y conceptos en ámbitos inéditos de recepción. O sea: una tradición conceptual es tal en cuanto uno se la apropia, la elabora y le introduce un futuro. De modo que la crítica y la destrucción de sus partes esclerosadas es un requisito metódico del agenciamiento de dicha tradición. Nos precede, pero existe sólo cuando la tomamos por las astas para reconocer, en ese forcejeo, su vigencia como un tiempo singular de nosotros mismos. Y que el tiempo sea «singular», quiere decir aquí que se entiende como devenir.

Tercero. Finalmente. Estipula Heidegger en Identidad y diferencia que Hegel dio un paso atrás hacia «lo pensado», mientras él lo ejerce hacia «lo impensado» de lo ya pensado, es decir, hacia la diferencia abisal entre ser y ente. Nosotros trataremos de avanzar, retrocediendo lo necesario, en este campo oscilando, pendulando entre —según el logos de la lógica mencionada—, lo pensado y lo impensado, en los textos donde esas distribuciones ocurren. Pero, simultáneamente, no quedándonos en ninguno de esos ámbitos, sino en el «pensamiento», a secas, que los abarca dejándolos en plena libertad.

Desearía ubicar el corazón de los sinuosos dédalos recorridos hasta aquí en la exploración de los intersticios, signos y llamadas que un pensamiento nos lanza desde un tiempo simultáneamente historizable, inmemorial y creativo.

Quizás, el que mejor le cabe a una producción siempre por pensarse.


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