El presente texto fue distribuido como soporte para la ponencia del mismo título pronunciada por el autor en las XXV Jornadas Psicoanalíticas del EPBCN, tituladas Aperturas en Psicoanálisis (XIV).
Hace unas pocas semanas, asistí atónito a una escena cotidiana que pudo haber terminado muy mal. Sucedió en la calle Balmes, una de las principales arterias de Barcelona, esquina Diputación, otra vía importante; por ahí, hay un volumen de tráfico intenso, y las motos, coches y autobuses no circulan lentos, precisamente. Pues bien, un hombre de unos 30 años (no se trataba de un adolescente o un niño, era una persona ya bien adulta) se puso a consultar su teléfono móvil mientras esperaba que el semáforo se pusiera en verde para los peatones. El único problema es que, mientras rolleaba frenéticamente la pantalla de su aparato inteligente, se había detenido... ¡en el primer carril por donde circulaban los vehículos! Una motocicleta pasó muy cerca de él y, claro, le pitó con insistencia para que se apartara. Sin embargo, esa señal de alerta no pareció tener efectos sobre ese ser humano, que decidió ¡seguir en el mismo sitio! No fue hasta el segundo aviso, en que una camioneta (sí, una camioneta) pasó muy cerca suyo con un sonoro bocinazo que nuestro inesperado protagonista de estas líneas se desperezó de su ensoñación digital y dio dos pasos parsimoniosos hasta la seguridad de la acera peatonal. Eso sí, sin separar la vista de su estimadísimo celular. Lo importante es lo importante.
Esta anécdota, que relato sin un ápice de exageración, es una muestra premium de situaciones más cotidianas de enajenación vital. Otros ejemplos serían cuando uno tiene que ir sorteando por las calles a personas algo así como abducidas, que caminan con la nariz pegada al teléfono, tecleando con frenesí y a punto de colisionar con el de enfrente (y, reconozcámoslo, todos nos hemos visto así alguna vez); o cuando uno llama a un amigo o conocido y éste, sin ni siquiera disimular, te va dando conversación con el sistema manos libres (se nota porque el sonido es menos nítido) mientras pone el lavavajillas, ordena su casa o consulta algo por internet, de modo que puedes captar perfectamente que la atención de tu interlocutor está dividida entre no sé cuántas cosas adicionales a la conversación. Bonita manera de vincularnos, pienso yo en esos momentos mientras me muerdo la lengua. Uno, desde luego, no se cree tan importante como para pretender que los demás dejen todo lo que están haciendo para hablar conmigo, pero entre eso y compartir la llamada con el ruido del lavavajillas, hay un trecho.
Últimamente pienso cada vez con más asiduidad que nos manejamos por el mundo como zombis alelados, como pollos sin cabeza. Y me pregunto, si aún existimos como especie, qué pensarán de nosotros los humanos dentro de 100 o 200 años, porque me da la impresión de que estamos haciendo oposiciones para ser nominados a las generaciones más estúpidas de la Historia (deseo fervientemente que los humanos del futuro no sigan opositando a ello).
«Intenté vivir, pero me distraje», escribe el periodista Johann Hari en su libro El valor de la atención. Por qué nos la robaron y cómo recuperarla, en una frase que resume lo que nos está pasando colectivamente. Modestamente, me gustaría añadir: «me distraje… y no me di ni cuenta porque no estaba poniendo atención». Atención a mi vida, a nuestras vidas.
Este texto quiere denunciar esta epidemia de descentramiento generalizado, que nos está dañando como especie, de la mano del mismo Hari y del doctor Emiliano Bruner, doctor en Biología Animal, cuyas obras me han conducido por ciertos derroteros de pensamiento y, precisamente, me han hecho poner la atención en aquello que, por qué no, el psicoanálisis puede hacer para paliar este mal contemporáneo.
Nos hemos dejado robar la atención. Es indiscutible. De hecho, Hari indica que se había comprobado que los estudiantes cambiaban de tarea «una vez cada 65 segundos» y que sólo se podían concentrar en una actividad una media de «90 segundos», cifra que ascendía a los tres minutos si el estudio se realizaba con adultos que trabajaban en una oficina [2]. Si tenemos en cuenta que este libro se publicó en 2023, parece muy plausible que estas cifras hayan empeorado.
Desde luego, no es ningún secreto que las redes sociales, los infinitos estímulos que recibimos a diario, han minado nuestra capacidad de poner el foco sobre algo. Y que estas redes están pensadas, construidas, diseñadas para estimularnos continuamente, para que nuestros cerebros pidan más carnaza. De hecho, Hari indica, amparándose en diversas investigaciones, que consultar el teléfono repetidamente tiene los mismos efectos para el pensamiento que «emborracharse o drogarse» [2][1]; es decir, nos convertimos en yonkis. Pero, ¿de qué?
Voy a ensayar una posible respuesta que, obviamente, es parcial y no excluye otras que la completen: nos convertimos en adictos de una zanahoria tras la que corremos, la zanahoria de escapar de las incertidumbres que conllevan nuestra naturaleza humana; perseguimos la alucinación de que, en algún sitio, encontraré una suerte de felicidad, una solución a mis males que amortiguará mis preocupaciones.[2] Al menos, es innegable que estar varias horas manejando nuestros gadgets tecnológicos nos reconforta de alguna manera, más allá de que esto no nos resulte demasiado beneficioso (ya sabemos que la pulsión nos conduce a veces a comportamientos que nos dañan).
Sin embargo, no vamos a encontrar ninguna solución, ni en la mejor de las plataformas digitales, que pueda mitigar el hecho de que la selección natural no se preocupa por tranquilizarte ni por darte sosiego. Ni mucho menos por hacerte feliz, este espejismo tan contemporáneo sobre el que uno puede encontrar miles de tutoriales en Youtube. La selección no se preocupa por ti. Ni por mí. Como Freud ya advirtió en distintos pasajes de su obra, los intereses del individuo y los de la especie son inconciliables, porque el bicho que somos está «diseñado para anhelar, para esmerarte en obtener, para no estar nunca satisfecho y buscar más y mejor, porque así vas a conseguir más energía, ya sea en forma de comida, de recursos, o de afiliación social» [3].
Es decir, y siguiendo a Bruner, los programas evolutivos que tenemos inscritos a fuego en nuestras cabecitas sólo buscan el éxito reproductivo de nuestra especie, tarea en la que hemos sido muy exitosos; y para ello, usan diferentes cebos, señuelos o zanahorias que perseguimos en pos de un bienestar que nos es esquivo. Uno de estos cebos es la ilusión de la satisfacción sexual, que nos hace reproducirnos «de forma compulsiva y automática» [3]. Otro, sospecho, es este modo de comportarnos, también, de forma automática y compulsiva: las redes sociales y su híper conectividad y estimulación.
¿Qué podemos hacer ante este peligro? Según los dos autores que me acompañan, potenciar nuestra capacidad de atención para no dejarnos arrastrar en estos torbellinos pulsionales. Sin embargo, ya sabemos, la atención está deteriorada, dañada, en riesgo; es una pieza delicada de nuestro psiquismo que está sufriendo un asedio constante. Y uno de sus principales enemigos es una de las mayores estafas y timos de la época actual: el multitasking.
«En la década de 1960, los especialistas en computación inventaron unas máquinas con más de un procesador para que pudieran hacer dos cosas (o más) simultáneamente. A la capacidad de esa máquina se la llamó ‘multitarea’. Y después tomamos ese concepto y lo aplicamos a nosotros mismos» [2]. Maldito sea el momento en que tuvimos la brillante idea de imitar a las máquinas, otorgándonos funciones para las que claramente no estamos preparados.
Me alineo y comparto el sarcasmo del chascarrillo que muchas mujeres dicen con sorna a los hombres cuando se quieren burlar de algún machirulo y les espetan aquello de que «soy mujer, al contrario que tú, puedo hacer más de una cosa a la vez». Pero, lamentablemente, es falso. Ninguna mujer, y ningún hombre, podemos hacer más de una cosa a la vez. O, mejor dicho, podemos hacerlo, pero de modo deficiente, mal, rebajando la eficacia de nuestras actividades. Y, como veremos en seguida, pagando un alto precio por ello.
Sin embargo, para gloria del sistema económico y de la productividad sin fin, la falacia y el embuste del multitasking se ha puesto de moda y, hoy, ya parece inevitable en los trabajos y en la vida diaria en general (por eso, ya ponemos la lavadora mientras hablamos por teléfono y vemos los titulares del periódico online de turno, menudo negocio). Ser multitasking es lo último, vende en nuestros currículos, se ve que le da a uno la capacidad de empoderarse (menuda otra palabrita vacía que circula hoy a todo trapo), es cool, trendy y no sé cuántas cosas más que, pronunciadas en inglés, quedan mucho más molonas.
Pues no. Habernos convertido en seres multitaskianos nos está llevando al vacío: nuestras vidas se fragmentan en infinitud de estímulos y eso nos vuelve «más superficiales» y «más enfadados», señala Hari (¿o acaso no notamos actualmente que mucha gente tiene la piel muy fina?); ser polivalentes, que sería un eufemismo más amable de lo mismo, nos distrae; nos distrae profundamente y revienta nuestra ya dañada capacidad de atención. Piensa un momento en esta escena cotidiana: estás trabajando mirando la pantalla de tu ordenador o enfrascado en algún informe y suena una notificación en el móvil (mail, WhatsApp, da igual) y… se acabó: tienes que dejar lo que estabas haciendo (tu trabajo) o, si tienes voluntad de titán y consigues no mirar el teléfono, parte de tus neuronas ya se dedicarán a hacer cábalas sobre la alerta que acabas de recibir. Sea como sea, ya no estás en lo que estabas porque «somos muy de pensamiento único».[3]
O sea, hacer varias cosas al mismo tiempo es un suplicio para nuestro cerebro. De la misma manera que no estamos equipados genéticamente para ser felices, tampoco lo estamos para dividir nuestra asediada atención en múltiples tareas. Ello lo recoge perfectamente Bruner: «… la atención no funciona en paralelo, sino en serie (…) hace falta desenganchar la atención de la tarea anterior, engancharla a la siguiente, y volver a arrancarla. Todo este proceso satura los recursos mentales. Agota en el sentido psicológico, pero también en el sentido metabólico, porque cada arranque requiere recursos energéticos, fisiológicos y anatómicos, que al final se acaban, se cansan o se queman. Resultado: alguna de las formas de estrés, por agotamiento, por fatiga del sistema atencional, que luego pasa factura al cuerpo, a su sistema nervioso, a su sistema inmunológico, y a su sistema hormonal» [3]. ¿Verdad que a todos nos suena otra palabra inglesa, burnout? Es contemporánea, ¿cierto?, tan contemporánea como el multitasking que, como hemos visto, nos enferma. Literalmente.
El caso, no es ningún secreto, es que nuestro exhausto cerebro tiene potencialidades maravillosas. Como dice Bruner, disponemos de un «kit de superpoderes de Homo Sapiens» que se llama la red neuronal por defecto.[4] Esta red es la parte de nuestro cerebro que se activa (regiones como la corteza prefrontal medial, la corteza cingulada posterior, precúneo, el lóbulo temporal medial, entre otras) cuando estamos haciendo… nada. O sea, cuando estamos esperando el autobús, pensando en las musarañas, tratando de dormirnos, divagando…
A través de la red neuronal por defecto, podemos imaginar, proyectar, viajar hacia adelante y hacia atrás en el tiempo y el espacio, hacer múltiples elucubraciones de cualquier asunto mientras nos dejamos llevar, surfeando por nuestros pensamientos ¿Verdad que muchas veces se nos ocurren las mejores ideas cuando estamos medio adormilados? Pues es porque dejamos espacio a que se ponga en funcionamiento este superpoder. Bruner describe que semejante red es «la Torre de Babel de todas las posibles combinaciones» [3]. Y Hari añade, tras ahondar en lo que afirma la neurociencia, que la divagación mental que se asocia con ella genera nuevas conexiones entre nuestros pensamientos, aporta soluciones inesperadas y nos vuelve más creativos y resolutivos [2].
Sin embargo, del mismo modo que la red neuronal por defecto nos abre infinitas posibilidades de proyectar innovadores horizontes y hallar inéditos caminos a nuestras vidas, también contiene la semilla de muchos de nuestros sufrimientos. Porque nuestro programa evolutivo, como decía más arriba, no está pensado para que estemos tranquilos, sino para reproducirnos y estar vigilantes ante cualquier peligro o amenaza que asome. ¿Resultado? Como ironiza Bruner, Radio Sapiens o, como dicen los budistas, «la mente de mono»; o sea, «esta constante voz interior que no calla (casi) nunca y que nos impide llevar a cabo una tarea, disfrutar del momento presente, relajarnos oportunamente y ser realmente conscientes de lo que está pasando» [3]. La voz de nuestra programación ancestral, que nos mantiene alerta incluso cuando no hay alertas, por si apareciera un oso en nuestra cueva que quisiera devorarnos.[5]
Entonces, la divagación mental se convierte en un suplicio, porque nos ponemos a rumiar en todo aquello que nos preocupa, real o ficticiamente. Se atribuye a Winston Churchill la frase «pasé más de la mitad de mi vida preocupándome por cosas que jamás iban a ocurrir». Pues eso es lo que nos pasa cuando se activa nuestra red neuronal por defecto y la sintonizamos con Radio Sapiens, conexión que sucede con demasiada frecuencia.
Y frente a ello, ¿qué podemos hacer? Bruner lo explica con claridad: reforzar nuestra atención, de manera que podamos ser más conscientes de las elucubraciones a las que nos lleva Radio Sapiens para sintonizar nuestro psiquismo con un canal más amable. Es decir, reforzar nuestra atención para poder advertir cuando nuestros pensamientos nos están anticipando preocupaciones, infundadas o no, o nos están castigando con recriminaciones pasadas y llevarlos al presente, donde podremos tener mayor dominio de ellos.
Pero ahí, de nuevo, se agrava el asunto: frente a esta tarea, que nunca fue fácil, hoy en día nos sentimos aún más abrumados e impotentes porque nuestro dial atencional, aquel que podría contraprogramar nuestras cavilaciones, está hecho añicos. Pobre, con tanto multitasking, pantallas, estímulos, noticias, tweets, likes, series, mails, whatsapps, reels y notificaciones varias… no me extraña. «El resultado es una pandemia de estrés, de ansiedad y de depresión, una pandemia crónica, posiblemente continuada desde que hemos desarrollado estas habilidades cognitivas de proyección visual y lingüística, que es el fundamento de nuestra angustia ontológica, el mal de vivir…» [3].
«Para intentar resolver los conflictos mencionados hasta ahora, el ser humano ha desarrollado una cantidad enorme de remedios, desde los más caseros hasta los más tecnológicos, que incluyen rituales mágicos, sexo, alcohol, drogas psicoactivas, el psicoanálisis, los medicamentos o la filosofía» [3]. Me resultó muy curioso, por heterogéneo, el listado de posibles soluciones que Bruner, en su obra, citó como una manera de hacer frente a nuestra Radio Sapiens, al tiempo que me alegró saber que el psicoanálisis constaba en su enumeración. Sobre todo, porque en este momento de la lectura de su libro, un servidor había pensado, intuitivamente, que el psicoanálisis sí tiene su grano de arena que aportar para paliar la devastación atencional que estamos sufriendo, con las consecuencias que ello supone.
Hari, por su parte, enfatiza en sus páginas que es nuestra obligación como sociedad buscar remedios globales, no particulares, a este fenómeno. Aboga por una toma de conciencia y presión colectivas que obliguen a que, desde las altas instancias, se tomen medidas que ayuden al individuo a retomar el control sobre su psiquismo ya que éste, en solitario, no tiene suficiente fuerza como para amortiguar el torbellino de estímulos e inputs en el que vive en la actualidad.
Sin embargo, más allá de los diferentes planteamientos, uno y otro (no son los únicos, cada vez hay más pensadores que se alinean con esto) hablan de la necesidad perentoria de encontrar actividades o espacios que ralenticen nuestro día a día y nos reconecten con nuestra capacidad de atención: la meditación, el yoga, el taichí…
Desde luego, estoy cien por cien a favor de estas y otras prácticas que nos conduzcan a una senda de desaceleración; pueden, efectivamente, ayudar a muchas personas a mejorar su vida cotidiana y mejorar su atención, su foco, su centro, con los beneficios que ello aporta. Y además, pienso vehementemente que el psicoanálisis puede aportar unos beneficios adicionales muy potentes, gracias al ejercicio de la técnica que le es propia.
Por otro lado, considero necesario trasladar una sospecha a la que le doy vueltas desde hace un tiempo: en personas muy atrapadas en sus propios conflictos psíquicos o determinados síntomas neuróticos muy arraigados, prácticas como la meditación, por ejemplo, pueden ser más desalentadoras que otra cosa, si no recurren a algún tipo de proceso terapéutico.
¿Por qué? Porque estas personas se acercan a dichas disciplinas con unas expectativas de mejora que no se van a cumplir; enfrentadas a solas ante sus propios discursos mentales, sin un otro externo que dirija un camino de sanación, los resultados serán frustrantes. El pensamiento mágico de que uno se puede curar a sí mismo es muy tentador, pero no es realista. Me remito a lo que comentó, hace un tiempo, en sesión, una chica joven (no llegaba a los 30 años), exhausta de su propio ruido psíquico, y que hacía años que acudía a un templo budista a meditar con la intención de serenar su cabeza: «No me soporto a mí misma». O sea, sola, no podía salir del bucle mental en que se encontraba sumida. Ahí, todavía más, el psicoanálisis tiene algo que decir, al tener en cuenta la dimensión inconsciente, esa que tanto sufrimiento psíquico nos puede acarrear y a la que nunca llegaremos a conocer por nosotros mismos, por mucho que meditemos.
«Ordenamos al enfermo que se ponga en un estado de calma observación de sí sin reflexión, y nos comunique todas las percepciones interiores que pueda tener en ese estado -sentimientos, pensamientos, recuerdos-, en la secuencia en la que emergen dentro de él» [1].
Freud, seguramente, no pensó que la técnica de la asociación libre, que define en el párrafo anterior, fuera un motor para mejorar la atención de sus pacientes. La convirtió en su regla fundamental para resquebrajar las resistencias del yo, para penetrar en sus inconscientes y levantar, así, las represiones que los atenazaban. Sin embargo, hete aquí que, en este momento histórico, la asociación libre puede suponernos un instrumento privilegiado para reforzarla.
Bruner describe dos tipos de atención. La primera de ellas la dejamos para más adelante; la segunda, a la que define como «abierta», consiste en «una atención que no está canalizada, y que recibe todas las señales sensoriales que alcanzan nuestros sentidos, sin cribar o priorizar» [3]. Esta descripción, ¿no nos sugiere un cierto paralelismo con la asociación libre?
Desapegarse de cualquier sesgo y dejar que todo lo que uno percibe emerja sin restricción y sin juicio, es decir, asociar, se convierte así en un modo indirecto de ejercitar un cierto modo atencional (el abierto); para ello, dichas divagaciones tienen que ser acompañadas del papel del analista quien, con su «escucha libremente flotante» (es decir, también sin jerarquizar ningún elemento) puede, no solo interpretar los elementos inconscientes del discurso del analizante, sino precisamente reforzar su capacidad de atención, indicándole adonde le llevan los devaneos de sus pensamientos, en qué trampas puede estar cayendo una y otra vez.
Sin ese agente exterior que es el analista, seguramente, muchos intentos de asociación por parte de un individuo caerían en algún tipo de pensamiento circular, o sería interrumpido por alguno de los múltiples estímulos del mundo. Sin embargo, en consulta, en ese pequeño e íntimo espacio experimental, el mundo ruidoso no tiene cabida, y el paciente puede ir tomando conciencia, literalmente, de qué le sucede cuando se suelta a divagar.[6] Sí, cierto, después ese paciente vuelve a ese mundo híper excitado en el que todos nos movemos, pero vuelve entrenado; y Bruner insiste en que la atención hay que entrenarla de modo permanente para evitar que nuestros pensamientos, nuestro equipamiento ancestral o las exigencias sociales nos lleven al estrés y a la ansiedad.
En este sentido, y a modo de ejemplo, me pareció un logro por parte de un paciente el día que acudió a consulta y lanzó, solo entrar: «Hoy he cogido el avión, pero no he ido muy lejos y ya he vuelto». Con él, en análisis, habíamos trabajado con insistencia el hecho de que, cuando algo le preocupaba, entraba en una secuencia de pensamientos absolutamente irracionales pero que le hacían imaginarse escenarios catastrofistas. Nos referíamos a esos procesamientos que tanto le hacían padecer como «coger el avión» porque se despegaba de la realidad, se iba lejos y dejaba de tener los pies en el suelo. Gracias a trabajar una y otra vez este aspecto de su psiquismo, a asociar sobre ello, pudo ir adquiriendo mayor dominio al respecto; es decir, mejoró su capacidad de observación, su atención, para aterrizar antes y no sufrir tanto.
«Desarrollar la atención no solamente permite desarrollar una mejor habilidad de percatarse de lo que sucede ahí fuera, sino también de enterarse de lo que pasa aquí dentro», escribe Bruner [3]. Pues eso.
Pero además, y retomando el otro tipo de atención del que habla Bruner y que antes dejamos en suspenso, está la «atención focalizada», que es cuando «todas las antenas están centradas en un mismo estímulo» y que está íntimamente vinculada con la «concentración» [3]. Considero que el psicoanálisis es un vehículo inmejorable para favorecer esta atención, al permitir al individuo profundizar de una manera privilegiada sobre episodios, momentos o encrucijadas de su vida, y pelearse con ello todo el tiempo que haga falta hasta poder resolverlo, historizarlo, desanudarlo.
Incluso, opino que la capacidad de sublimación que puede proporcionar un proceso analítico sería una suerte de manifestación de conquista de la atención focalizada. Sublimar, es decir, desviar las energías que en otro momento pudieron hacernos enfermar hacia actividades creativas y abiertas a lo social, no es posible sin entrar en una dimensión psíquica de mayor focalización. Las actividades sublimatorias no son posibles sin un cierto grado de atención. Y es una de las pistas más visibles de la mejora de un paciente, ya que éste deja de estar desconcertado en sus propios síntomas y empieza a estar concentrado en actividades que tienen que ver con lo constructivo que puede volcar en el mundo, ajenas por fin a su otrora ruido mental o a las estridencias del entorno.
Cada vez contemplo más el psicoanálisis como una navaja suiza. Sirve para un montón de cosas, más allá de para levantar las represiones inconscientes y deshacer síntomas neuróticos. Lo veo como un lugar de recogimiento, de introspección, de historización de la propia vida, de reelaboración del pasado, de proyección del futuro, de descarga de las tensiones del día a día (¿por qué no?), de expresión de lo indecible (uno se tiene que ir atreviendo a eso)…
Y, con este texto, quiero ampliar un poco más el abanico de posibles utilidades: afirmo, por lo dicho anteriormente, que el experimento psicoanalítico nos puede ayudar a reconquistar nuestra atención. Solo por el hecho de disponer de un tiempo sin interrupciones, ya proporciona algo de ese orden. Pero, encima, el artefacto asociativo nos centra, nos encuadra, nos hace estar en guardia ante nuestros propios derroteros psíquicos. Y en la actualidad, este asunto es de vital importancia. Nos va la vida en ello.
Para progresar por esta vía, desde luego, uno, como analista, tiene que ser capaz y estar preparado (estar lo mejor preparado y formado posible) para poder acompañar a los pacientes por dicha senda. En este sentido, quizás, ya no se trate tanto de lanzar interpretaciones reveladoras o construcciones muy elaboradas al analizante, que también, sino de pensar el proceso analítico de un modo más primario, más elemental.
Freud, en ocasiones, hablaba de que el psicoanálisis actúa como una especie de «poseducación» en pacientes que acudían con ciertas carencias más elementales. Hoy, cuando comprobamos que una de estas grandes carencias es la dificultad ambiente de sostener un cierto grado de atención, con el deterioro que esto supone, el analista debe involucrarse en la tarea de que los pacientes puedan sintonizar con sus propios pensamientos, darles un sentido, enmarcarlos en una secuencia que no esté cortocircuitada por la primera interrupción que aparezca y que puedan sostenerse en una auto observación no narcisista, sino fructífera y revitalizante, resistente a la híper excitación circundante. Que Radio Sapiens ceda el lugar a una sintonía más armoniosa.
Freud, lo cito de nuevo, remarcaba que el psicoanálisis debía liberar al individuo para que consumara «su propio ser» [1]. Y, seguramente, hoy, parte de ese proceso de liberación pasa por deshacerse de la estridencia ambiente. Como si dialogara sin saberlo con Freud, me parece apropiado cerrar este texto con una cita de Bruner quien, junto a Hari, tanto me ha ayudado para pensar este texto. Una cita que, sospecho, suscribiría el propio Freud como una buena definición de lo que sería un proceso analítico: «… lo suyo sería llevar a cabo un camino de ‘despertar’ con nuestras propias fuerzas, con nuestro compromiso, paso a paso, aprendiendo a observar, a sentir, a explorar nuestras sensaciones, nuestros pensamientos y nuestras emociones, integrando las perspectivas que se van generando con un estilo de vida coherente y satisfactorio» [3].