Textos para pensar


Caminar bajo el cielo

Carlos Carbonell [CV]

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Nota del Editor

El presente texto fue distribuido como soporte para la ponencia del mismo título pronunciada por el autor en las XVII Jornadas Psicoanalíticas del EPBCN, tituladas Aperturas en Psicoanálisis (VI).

Introducción. Precauciones

Escribir sobre el ser humano es una tarea ardua y compleja. Focalizar un texto en la mujer y en su condición/problemática de mujer incrementa la dificultad del asunto; y centrarlo en el hombre y en su condición/problemática de hombre, también. El siguiente texto, en cambio, pretende una mirada que abarque y aglutine a los dos géneros,[1] para plantear cuestiones, sostener hipótesis y, sobre todo, denunciar algunos equívocos y manipulaciones que, creemos, hieren a unos y otros en su manera de relacionarse.[2]

Por eso, este escrito es tentativo; e inconcluso, desde el momento en que no puede tener un final dado el material (sensible e infinito) que aborda. No pretenderá señalar grandes conclusiones, sino tirar de algunos hilos sueltos con los que tropezamos todos, en la esperanza de que algo se pueda repensar. «Un viaje de diez mil kilómetros empieza por un solo paso», dice un proverbio chino. Las siguientes líneas pretenden ser un paso que, por otro lado, otros ya han dado desde otros ámbitos.

El lector que aborde el texto venidero se encontrará con la misma dificultad que supuso para el autor pensarlo y escribirlo: deberá leerlo, si es posible, ajeno a cualquier ideología, eliminando las peligrosas inercias psíquicas, sociales, culturales e históricas que miles de años de patriarcado nos han marcado a fuego. Si se acerca a este ideal de lectura, rechazará calificaciones moralizantes; de lo contrario, el texto le podrá parecer un alegato feminista o una defensa masculina, según su óptica; no es ni lo uno ni lo otro. Pero no es ni quiere ser un texto neutral (¿alguno puede serlo?). No. Se trata de un texto combativo contra un sistema de dominación social que ha hecho la Vida, en mayúscula, insostenible. Primero a las mujeres, y después a los hombres. Y que lo sigue haciendo en la actualidad.

Por otro lado, este trabajo quiere ser un expreso reconocimiento a ponencias anteriores, que abrieron el camino para las reflexiones que se intentarán aportar en lo que sigue. Escritos incómodos, alejados de la insoportable corrección política y altamente enriquecedores. Seguramente, sus autores fueron los que dieron ya los primeros y arriesgados pasos de esos miles de kilómetros que nos faltan por recorrer.[3]

1. Un recorrido histórico conjetural

El sistema de pensamiento patriarcal está tan imbuido en nuestros procesos mentales que no podremos sacárnoslo de encima hasta que no seamos antes conscientes de ello, lo cual siempre supone hacer un esfuerzo especial.[4]

La palabra «patriarcado» está en boca de muchos hoy. Pero, ¿qué es el patriarcado?, ¿cuándo surgió?, ¿cómo?, ¿por qué? Y, quizás, lo más importante: ¿qué consecuencias arrastramos hoy fruto de este sistema de dominación social, que están más allá de lo que nosotros percibimos?

Hablar del origen del patriarcado es hablar de épocas prehistóricas y brumosas del ser humano; por tanto, la aproximación a este escenario no puede ser más que una conjetura, mejor o peor articulada. Una de las primeras preguntas que surge es si hubo un sistema de dominación previo al patriarcado, en el que fueran las mujeres quienes ejercieran su autoridad. En este sentido, Lerner es categórica: «Estoy definiendo el matriarcado como un reflejo del patriarcado. Partiendo de esta definición, he de terminar por decir que nunca ha existido una sociedad matriarcal».[5]

Lerner arranca su investigación alrededor del año 3100 a.C. y en la zona de la antigua Mesopotamia, origen de la civilización, para trasladarnos después a la antigua Grecia y, en el segundo volumen de su obra, abarcar hasta el siglo XIX en Europa y los Estados Unidos. En los albores de los tiempos, sostiene, existían sociedades cazadoras y recolectoras y una complementariedad entre los sexos: la recolección y la caza menor corrían a cargo de las mujeres y los niños, mientras que la caza de animales grandes recaía en los hombres, sin que ello supusiera ninguna jerarquización. Esta división del trabajo se basaba en el mejor aprovechamiento de las diferencias biológicas entre los sexos.

Sin embargo, en esas tribus primitivas donde las condiciones de vida eran muy inestables, la supervivencia del grupo exigía un equilibrio demográfico entre hombres y mujeres; en este escenario, «la vulnerabilidad biológica de las mujeres en el momento del parto» provocó guerras entre las tribus, donde el «botín» eran las propias mujeres, cuya capacidad de concebir suponía un recurso vital para el grupo.[6]

Este primer momento de control y apropiación de la reproducción femenina se acrecienta con la aparición de la agricultura, que requiere de una mayor cohesión grupal y de una «estructura de la unidad doméstica» que privilegie la fuerza de trabajo, dando lugar a la generación de mano de obra (reproducción), y que consiga excedentes (cosechas abundantes) en una continuidad temporal. Para ello, será necesario abolir la matrilinealidad (comunidades con línea femenina de la descendencia) e implantar la semilla de la patrilinealidad y el patriarcado, donde el hombre pasará a dominar toda la estructura económica.

En este recorrido, en todo caso, hemos visto que «el control de la reproducción (la sexualidad femenina) precede a la adquisición de la propiedad privada»,[7] lo que revierte la hipótesis de Engels de que la aparición de la propiedad privada fue el motivo de lo que él califica «la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo».[8] Para Lerner, «la primera apropiación de propiedad privada consiste en la apropiación del trabajo reproductor de las mujeres».[9]

Lo más dramático de este desarrollo es lo que apunta la propia autora: «No quisiera insinuar la existencia de un determinismo o una manipulación consciente; todo lo contrario. Las cosas fueron por unas vías y luego han tenido unas consecuencias que ni hombres ni mujeres esperaban».[10]

En todo caso, la aparición de las comunidades agrícolas y su auge económico dio paso al surgimiento de centros urbanos y de las primeras civilizaciones; en suma, de los primeros estados arcaicos, con sus clases de propietarios y jerarquías. Y donde las mujeres quedan fuera de la educación.

Estas formas de estados primitivos desarrollaron las primeras monarquías y un alto grado de militarización que consolidó la tradición de los «matrimonios dinásticos» para fortalecer o legitimar conquistas militares. Ello suponía una forma menos embrutecida de intercambiar mujeres (las princesas eran las únicas mujeres que podían ejercer alguna influencia en esas sociedades), pero enfatizaba su «cosificación» y las reafirmaba en la sensación (verdadera, desde luego) de que eran dependientes de la voluntad de los hombres.

Sin embargo, la vuelta de tuerca para la consolidación de estas estructuras políticas y económicas llegó con el «invento de la esclavitud». «La esclavitud rara vez, por no decir nunca, ocurre entre las sociedades cazadoras y recolectoras, pero aparece en regiones y épocas muy separadas con el advenimiento del pastoreo y, más tarde, con la agricultura, las primeras ciudades y la formación del estado».[11]

Las guerras, las conquistas, la necesidad de mano de obra provocaron el surgimiento de esta configuración social. Y las mujeres prisioneras de guerra fueron esclavizadas antes que los hombres. Varias razones lo explicarían; una de ellas es que la mujer ya había sido subordinada por sus propios grupos, de modo que ya se habían establecido en ella unas «construcciones mentales» de opresión; otra, es que las mujeres hacían todo lo posible por salvar a sus hijos y, por ello, junto al hecho de su mayor vulnerabilidad física, no eran vistas como una amenaza tan importante como los hombres. A éstos, por otro lado, tampoco les tocaba un destino mucho mejor: «... eran matados por sus capturadores o terriblemente mutilados o trasladados a lugares remotos y aislados».[12]

Tras las conquistas militares, las violaciones masivas eran usadas como un método de coacción y terror físico que subyugaba a las mujeres hasta esclavizarlas. La esclavitud explicaría la aparición del concubinato, la prostitución y empezaría a trazar una línea entre las mujeres «respetables» y las que no lo eran. Hasta el punto que Lerner lanza la siguiente hipótesis: «Pienso que la esclavitud sexual de las mujeres cautivas fue en realidad el primer paso hacia el desarrollo y la elaboración de instituciones patriarcales, tales como el matrimonio patriarcal, y su ideología concomitante de depositar el «honor» femenino en la castidad».[13] Y de ahí derivaría la creciente importancia de la «familia patriarcal» como sostén de ese «modelo estructural».[14]

La subordinación femenina en base al control de su sexualidad llegó, pues, a su institucionalización con un modelo de familia que, con más o menos modificaciones, sigue vigente, y muchas veces visto como inatacable, hasta nuestros días.

El siguiente paso fue «someter» también a las deidades femeninas. Las diosas-madre sumerias o babilónicas se irán relegando por un «símbolo divino masculino». «Este proceso se prolonga más de mil años y culmina en el Libro del Génesis»,[15] cuya redacción abarcó casi 400 años (siglo X al V a.C.) y donde ya aparecen los patriarcas de las tribus de Israel. El Génesis apuntilla este relevo. Y el relato de «La caída» es paradigmático de ello: tras caer Adán en la tentación de Eva y comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, Yahvéh sentencia al hombre a mantenerse con el «sudor» de su rostro; pero a la mujer, «culpable» de la pérdida de la inocencia humana, le depara otro destino:

A la mujer le dijo: «Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus
embarazos: con trabajo parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu
apetencia, y él te dominará».[16]

En este milenario proceso, aparecieron formas de resistencia femenina. La más generalizada es la que apunta Lerner: las mujeres tuvieron que aprender a «manipular» a aquellos que ostentaban el poder para su propia supervivencia y la de sus hijos.[17] En todo caso, hubo otras mujeres que no se conformaron sólo con eso; exigieron tener sus propias voces en lo social, y lo hicieron de distintas maneras: a través de predicar su misticismo, de la reivindicación de los valores de la maternidad, mediante la reinterpretación teológica de la Biblia y, desde luego, con creaciones artísticas y literarias; todo, hasta llegar a los movimientos del siglo XX que pusieron la lucha feminista en primer plano.[18]

Sin embargo, esa lucha ya estaba lastrada por factores abisales que excedían lo racional, lo discernible a simple vista, y que conducen irremisiblemente al psicoanálisis, a la obra de Freud y a las contribuciones de algunas de sus continuadoras.

1.1. Herencias indeseables

Cualquier mujer nueva ha sido educada dentro del pensamiento patriarcal. Todas tenemos al menos un gran hombre en nuestra cabeza.[19]

Del mismo modo que un síntoma neurótico que ha atenazado a un enfermo durante toda su vida no se afloja en unas sesiones (en ocasiones, ni en años), varios milenios sujetos a un régimen coercitivo determinado no se difuminan con las mejores intenciones reivindicativas. Sigmund Freud, en muchos pasajes de su obra, se refirió a la «herencia filogenética» como a la transmisión inconsciente que la persona recibía de «los destinos de la especie humana»;[20] es decir, entre muchas otras cosas, al peso de la historia que recae sobre cada uno de nosotros.

Desde luego, esta herencia ha constituido una losa en el psiquismo de las mujeres, hasta el punto de que muchas se han convertido, muy a su pesar, en las defensoras del mismo sistema que las ha sometido. Como indica Lerner, «[las mujeres] han interiorizado los valores que las subordinan hasta tal punto que voluntariamente los transmiten a sus hijos e hijas».[21]

Alejada durante miles de años del conocimiento y subordinada al poder del hombre, la mujer ha interiorizado (inconscientemente) un sistema de valores y creencias contra el que (conscientemente) se rebela, pero que la hace moverse en una dicotomía permanente: quiere «liberarse» en lo afectivo, en lo sexual, en lo intelectual... pero algo insondable en ella teme las consecuencias de hacerlo.[22]

Aquí cobran especial interés las palabras de la psicoanalista (que se define también como feminista) Juliet Mitchell, que recurre a la compulsión de repetición y a la pulsión de muerte como dos factores que se ponen en juego en cuanto al deseo inconsciente femenino y que dificultan que la mayoría de mujeres puedan romper con las cadenas del patriarcado: «[El psicoanálisis] ayuda a comprender la repetición compulsiva por la cual, sea lo que sea que las mujeres ganamos, volvemos siempre a la posición de segundo sexo. Los seres humanos tenemos, junto a la tendencia de movernos hacia delante, una tendencia regresiva representada por la pulsión de muerte, esta pulsión conservadora de ir hacia atrás. Y el psicoanálisis sirve para comprender este impulso que nos lleva a mantener el statu quo y hace del cambio algo tan difícil».[23]

En esas (y muchas otras) problemáticas se debate la mujer en el patriarcado. Pero, ¿y el hombre?

1.2. El beneficio secundario de la estupidez

No hay nada en la vida más costoso que la enfermedad y... la estupidez.[24]

Freud puso en evidencia una de las razones más potentes y tóxicas que impiden a alguien aquejado de un malestar psíquico deshacerse de él. El beneficio (o ganancia) secundario de la enfermedad. Es decir, aquella «ventaja» que proporciona un síntoma y de la que la persona no se quiere desprender, pese a que ello le resultaría mucho más provechoso; sin embargo, pesa más esta nimia ventaja obtenida que el hecho de enfrentarse a uno mismo, lo que supone, sin duda, la victoria del principio de placer frente al principio de realidad.[25]

En el recorrido descrito arriba, se deduciría que el hombre se ha dejado arrastrar por un beneficio secundario de la enfermedad bastante inquietante, al preferir someter y reprimir a las mujeres a cambio de (aparentemente) escribir la «Historia» y acceder a los puestos de poder político, social y económico. Pero, ¿esto es realmente así? ¿Cuántos hombres realmente han escrito la «Historia»?, ¿cuántos han disfrutado del poder?

A lo largo de todas las épocas, mientras las mujeres eran subordinadas, la gran parte de los hombres eran también asesinados en guerras, torturados, desterrados, condenados a trabajar de sol a sol para sostener la unidad familiar patriarcal... ¿A cambio de qué? De que unos pocos de sus congéneres masculinos disfrutaran de todos los privilegios,[26] (¿una extraña y delirante solidaridad varonil, entre otras causas, explicaría semejante desatino?). Y con el dudoso «beneficio» secundario de que, una vez llegados a su hogar, se convertirían en los presuntos «cabezas de familia», reyezuelos de un reino fraudulento. En este sentido, Lerner pone el dedo en la llaga: «La sociedad de clases, en mi opinión, comenzó con la dominación masculina de las mujeres y evolucionó a la dominación de algunos hombres sobre los demás hombres y todas las mujeres».[27]

Los hombres del patriarcado, sin darse cuenta, son las víctimas de un generalizado y socializado beneficio secundario de la enfermedad, de un síntoma que ellos mismos crearon y del que se han hecho prisioneros. Se han convertido en el explotador-explotado de un sistema abyecto que, además de enfermarlos, los ha convertido en ciegos y estúpidos ante su propia trampa. Han cavado su propia fosa.

La «Historia de la Humanidad», pues, es una historia terriblemente coja en la que, desde tiempos inmemoriales, al menos la mitad de la capacidad creadora de sus miembros se ha desperdiciado (la mitad femenina), y la otra mitad (la masculina) se ha perdido en un laberinto del que no se sabe dónde está la salida. Sin olvidar que en su tarea de reprimir psicológicamente y socialmente a la mujer, el hombre ha malgastado una cantidad ingente de energía[28] y se ha reprimido, igualmente, a sí mismo, sin ser consciente de ello.

Fruto de este detestable despliegue, además, una especie de ser primitivo y rudimentario ha emergido en el interior de los hombres y, lo que es peor, se manifiesta de súbito sin que la inmensa mayoría sean conscientes de su existencia. Actúa subrepticiamente en aquellos tangenciales comentarios, gestos, miradas o prejuicios a medio decir que, en ocasiones, apenas llegan a ser percibidos por los mismos hombres, pero que crean un abismo de hostilidad en la sensibilidad de las mujeres.

Llegados a este punto, se podría replicar que es indiscutible que en las últimas décadas se han producido, al menos en esta parte del mundo, grandes avances a todos los niveles para alcanzar la paridad de derechos de todos y que el debate sobre cómo progresar en esa dirección sigue en plena vigencia. Sin embargo, la pregunta es si estamos en vías de superar realmente el sistema o si este sistema se perpetúa de una forma perversa, enfrentándonos sin que nos demos cuenta de ello, y dándonos a cambio «migajas» y una engañosa sensación de ir caminando en la dirección correcta.

2. Un recorrido actual: la gran estafa

En el año 1929, una maniobra publicitaria contribuyó a romper el tabú de las mujeres a fumar en público. En un desfile en Nueva York, varias modelos contratadas encendieron cigarrillos al unísono y la prensa, alertada de que algo inédito iba a suceder, ayudó a que el hecho cobrara importancia pública.[29] La «maniobra» publicitaria fue orquestada por Edward Bernays, sobrino político de Freud, que aplicó las teorías del psicoanálisis para influir sobre el comportamiento de las personas/consumidores.

Fumar en público, en aquel momento, representaba para la mujer un acto de protesta ante la supremacía masculina. Sin embargo, Bernays, con su estrategia, no perseguía una sociedad más justa, sino beneficiar los intereses de las grandes tabacaleras que querían incrementar ventas. Aunque este ejemplo nos parezca muy alejado, una mirada más detenida nos hará darnos cuenta de que es rabiosamente actual.

Porque este mecanismo de doble moral sigue instilado, y multiplicado, hoy en día. La lucha feminista ha supuesto mucho sufrimiento y dolor para muchas mujeres (y algunos hombres que la han apoyado), y ha logrado irrenunciables derechos que se han ido conquistando. Sin embargo, no se ha conquistado lo más importante: la reconciliación entre ambos géneros. Al contrario, el sistema, que se place en mostrarnos los «avances» que propone a nivel formal (consciente), sigue enfrentándonos en un estrato más inasible (inconsciente) para su propio beneficio económico e ideológico. ¿Cómo lo hace? Veamos algunos ejemplos.

Uno de ellos es la incorporación masiva de la mujer al mundo laboral, lo que no ha supuesto (como debería) una mejora y mayor prosperidad para todos, sino un empobrecimiento de las condiciones de hombres y mujeres, como denuncia la filósofa feminista Silvia Federici: «La ilusión de que el trabajo asalariado podía liberar a las mujeres no se ha producido. El feminismo de los años 70 no podía imaginar que las mujeres estaban entrando al trabajo asalariado en el momento justo en el que éste se estaba convirtiendo en un terreno de crisis. Pero es que, en general, el trabajo asalariado no ha liberado nunca a nadie... De alguna forma esto ha cambiado las dinámicas en los hogares, pero en general no ha cambiado las relaciones entre hombres y mujeres».[30]

Eso sí, la prensa se llena de noticias sobre la inaceptable brecha salarial, un problema que no pueden solucionar las mujeres y hombres de a pie, pero que genera enfrentamiento a nivel cotidiano, como lo demuestran dos noticias aparecidas en la misma prensa estos últimos meses: «Una farmacia de Nueva York cobra más a los hombres para contrarrestar la tasa rosa»,[31] se lee en el título de la primera; «Campaña viral de una firma de bolsos: Si eres hombre, un 24 por ciento más caro»,[32] lanza la otra. ¿De verdad que esta es la forma de combatir el patriarcado?, ¿de intentar la reconciliación? Además, estas campañas, ¿no desprenden un tufo enmascarado a pura campaña publicitaria vestida de «protesta» feminista?, ¿no se está reproduciendo la misma estrategia de Bernays en 1929?

Otro ejemplo lo encontramos en las posiciones de poder. Cierto es que cada vez más mujeres acceden a puestos de responsabilidad (en un camino, cierto, largo y fatigoso) pero, ¿eso equivale necesariamente a una erosión del patriarcado?, ¿una mujer en el poder significa, necesariamente, una mentalidad no patriarcal en el poder? La respuesta la proporciona otra mujer, la penetrante médica y activista feminista Nawal al Saadawi: «[Hillary] Clinton es mujer pero también es a la vez capitalista, patriarcal y religiosa, que son las causas por las que las mujeres están oprimidas en el mundo. Yo no divido a las personas por sus órganos genitales sino por lo que hay en su cabeza».[33]

Y en lo más cercano, la confusión también se instala. Las mujeres luchan por dejar de ser objetos sexuales, por apartar la «cosificación» a que las ha sometido la historia patriarcal; pero no sólo esta aspiración parece lejana, sino que se torna cada vez más universal, en el sentido de que semejante «cosificación» atenaza ya a ambos géneros.

Hasta el punto de que han aparecido patologías como la vigorexia, ese culto infame y enfermizo al físico, marcadamente masculinas.[34] Somos lo que son nuestros cuerpos, nos hacen creer. El cuerpo es el principio y el fin, el salvoconducto para conseguir no se sabe bien qué: se eligen parejas en webs donde prima la imagen, se fomentan «speed dates» donde se intercambian cuatro banalidades antes de decidir si el otro o la otra gusta o no, se alienta una genitalidad exhibicionista (el porno actual omnipresente)... Y después, mujeres y hombres nos quejamos de que no nos entendemos. ¿Acaso se puede esperar algo distinto?

Mientras, eso sí, cualquier personajillo público se henchirá de orgullo cuando no se descuide ni una sola vez de utilizar el masculino y el femenino en todas sus alocuciones («señoras y señores», «trabajadoras y trabajadores», etc.)[35] y, nosotros, en lo cotidiano, los imitaremos creyendo que eso nos «salva»... ¿de qué? Atacamos el síntoma, en lugar de la raíz del mal. Justo lo contrario de lo que Freud indicó para liberar nuestras mentes de la hipocresía social.

Y encima, olvidamos lo más importante: los afectos.

2.1. ¿Qué es un hombre?, ¿qué es una mujer?

... todos los individuos humanos, a consecuencia de su disposición {constitucional} bisexual, y de la herencia cruzada, reúnen en sí caracteres masculinos y femeninos, de suerte que la masculinidad y feminidad puras siguen siendo construcciones teóricas de contenido incierto.[36]

A las mujeres no les quedó otro remedio que enmascarar (y, en algunos casos, también reprimir) su sensibilidad para sobrevivir y, posteriormente, acceder al mundo laboral con los insalubres «patrones» adoptados por los hombres durante siglos; a los hombres, se les inculcó la represión de los afectos y ahora, cuando intentan conectar con ellos, se encuentran vulnerables y desorientados.

Desde luego, el patriarcado (en su vertiente capitalista) ya se ha encargado de poner a disposición de cualquier «macho» el «kit» necesario para hacerse creer a sí mismo y a los demás que ha encontrado su «lado femenino»; un lado que, curiosamente, está vinculado con un alto nivel de consumo: gastar en cremas para el cutis, vestir delicadamente e ir al gimnasio a hacer «body building» convertirá a cualquier hombre en un metrosexual (o como se llame) que entenderá a las mujeres.

De nuevo, se confunde lo accesorio con lo esencial. Las emociones superficiales, lo físico, con los afectos que conforman al ser humano, lo psíquico. Llegados a este punto, la obra de Freud y las aportaciones de algunas de sus continuadoras proporcionan asideros desde los cuales cuestionarse y relanzarse en la búsqueda de lo femenino y lo masculino.

Uno de los problemas a la hora de desplegar las teorías freudianas es que han sido, tantas veces, mal y maliciosamente interpretadas. En este sentido, Juliet Mitchell defiende las investigaciones de Freud y advierte que sus textos no apoyan el patriarcado, sino que lo analizan a fondo para comprenderlo, y que si estamos interesados en «desafiar la opresión de las mujeres» y trascender el sistema, no podemos pasarlos por alto, de ninguna manera.[37]

Freud, igualmente, se remitió a las investigaciones de Karen Horney o Helene Deutsch, entre otras, para complementar sus elucubraciones sobre el «enigma femenino».[38]

En su obra, el fundador del psicoanálisis reiteró que el ser humano está dotado de una constitución bisexual tanto en lo físico como en lo psíquico que hace que hombres y mujeres compartan rasgos femeninos y masculinos indistintamente.[39] Sin embargo, y aunque rechazó enlazar directamente un concepto con el otro, alineó el masoquismo y la pasividad más hacia lo femenino y lo activo y sádico hacia el lado masculino (tomando, por ejemplo, el papel de ambos sexos como receptor y «proveedor» en el momento de la cópula).

Deutsch secundó las tesis de Freud sobre el masoquismo, a pesar de ser consciente de lo incómodas que podían llegar a resultar para las mujeres: «Una mujer normal, cuando oye decir que el masoquismo y la pasividad son elementos esenciales a su psicología, no hay duda que lo discutirá».[40] Y Horney también vio el masoquismo más «frecuente» en la mujer, aunque le atribuyó más peso a las causas sociales que Deutsch (esta última se inclinaba por un factor más constitucional, originado por la diferencia anatómica entre los sexos).[41]

En el recorrido hecho hasta ahora, distinguir dónde podría empezar lo biológico y dónde lo cultural en esta asociación de lo femenino con el masoquismo y lo pasivo, se antoja una quimera; sin embargo, este mismo recorrido manifiesta hasta qué punto el hombre se ha olvidado de su componente femenino y las consecuencias que está pagando por ello. Y hasta qué punto las mujeres deben desechar la idea de que «igualarse» a los hombres consiste en actuar como ellos.

Porque, lo quieran o no, hombres y mujeres caen en las dos direcciones, consciente o inconscientemente, de forma permanente. Y no darse cuenta de ello sólo tiene efectos dañinos. Pongamos por caso, ¿en qué posición se sitúa un hombre (y los hay millones) maltratados por sus superiores en sus puestos de trabajo?, ¿o ridiculizados por sus presuntos amigos? Pasivizados y castigados, estos mismos hombres pueden mostrarse altaneros y despectivos en sus relaciones con las mujeres, en una formación reactiva tóxica; o ¿cuántas mujeres pueden buscar a un hombre sumiso (el famoso «calzonazos») para martirizarlo? Son dos de los múltiples ejemplos que se encuentran en la mal llamada «guerra de los sexos», una batalla en la que todos salimos perdiendo.

En todo caso, el desarrollo del patriarcado ha propiciado que, en líneas generales, sean los hombres quienes más alejados están de sus afectos. Horney se apoya en la esfera sexual para denunciar esta represión afectiva: «Here is a marked difference in the psychology of men and women. In the average case, sexuality in women is much more closely tied up with tenderness, with feelings, with affection, than in men».[42] Desde luego, es plausible aplicar esta ceguera varonil en las otras esferas de la vida que desbordan lo puramente genital. Y no hay metrosexualidad que corrija eso.

3. Apuntes finales. Albine

La esclavitud humilla tanto a la gente que ésta acaba amándola.[43]

Freud hablaba de tres fuentes de sufrimiento para el ser humano, de entre las que destacaba «la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia, el Estado y la sociedad».[44] Desde luego, parece absolutamente razonable que el ser humano sienta una hostilidad que no sabe cómo expresar ni de dónde surge hacia un sistema (el patriarcal) que lo ha llevado a niveles horrorosos de agresividad, destrucción y desasosiego. En suma, de infelicidad.

Este texto ha pretendido evidenciar que los cambios a nivel legal, jurídico y en otras áreas no han venido acompañados de una transformación social a nivel interno; sobre todo, por parte de los hombres, que se han convertido en víctimas de su propio sistema de verdugos.

El patriarcado está cada vez más cuestionado, pero su pervivencia está lejos de ser amenazada porque el sistema es astuto y tiene sus propias fórmulas. Una es la de engatusarnos, haciéndonos creer que los cambios cosméticos, formales, equivalen a cambios quirúrgicos, radicales. Otra es la de enfrentar a ambos géneros sutil pero permanentemente, bombardeando el vínculo entre hombres y mujeres y haciéndonos creer que la culpa siempre es «del otro». O «de la otra». De aquél o aquélla que está a mi lado. Y de nadie más.

En una de sus conferencias introductorias al psicoanálisis, Freud hace referencia a un paciente que, ante la pregunta de que dijera el primer nombre de mujer que le viniera a la cabeza, respondió «Albine», siendo «albino» el apodo amistoso con el que el mismo Freud se refería a este paciente. Es decir, el analizante estaba descubriendo «el componente femenino de su constitución» y «Albine» (o sea, él mismo) era, en ese sentido, «la mujer más interesante por el momento».[45]

Cuando cada hombre contacte con su Albine, cuando cada ser humano se aventure a explorar todos los rincones (masculinos y femeninos) de su ser, en lugar de repetir compulsiva e inconscientemente, entonces, y sólo entonces, se podrá producir lo más delicado, fantástico y complejo que se puede producir entre una mujer y un hombre: el entendimiento. Y cada mujer y cada hombre que se adentren en este camino serán tejidos renovados, células sanadoras que regenerarán, desde dentro, el organismo carcomido pero poderosísimo de un sistema que nos ha masacrado.

Para la reconciliación real, hará falta perdón, generosidad, humildad, valentía y un montón de virtudes más. Todas, imprescindibles para que no sigamos amando nuestra esclavitud. Y en cada paso que demos de esos diez mil titánicos kilómetros que nos faltan por andar, nos acercaremos al ideal que dibujó Lerner al principio de su obra:

¿Qué tipo de historia se escribirá cuando se aleje la sombra de la dominación, y hombres y mujeres compartan por un igual la tarea de hacer las definiciones? ¿Devaluaremos el pasado, depondremos categorías, suplantaremos el orden por el caos?

No. Simplemente caminaremos bajo el cielo.[46]

4. Agradecimientos

Quiero agradecer, especialmente, el apoyo, el estímulo, las ideas que me brindó Juan Carlos De Brasi cuando este trabajo era sólo una idea poco desarrollada. Sin todo ello, el texto no se habría llegado a redactar; su presencia acompañará siempre. Gracias también a María del Mar Martín por la revisión atenta y las mejoras que aportó al escrito; y a Laura Blanco, por la cantidad de información que me ofreció durante meses y por su lectura y opiniones del texto. Josep Maria Blasco, Enric Boada, David Palau, Pol Ramírez, Eva Rodríguez, Ana Sáncer, Ana Viñas y Olga Palomino también me regalaron sus comentarios. Y gracias también a Fabián Ortiz, Silvina Fernández y Esther Verdaguer por formar parte, junto al resto de personas que aparecen en estas líneas, de un viaje altamente enriquecedor.

A todos ellos, mi más sincero agradecimiento.


Barcelona, abril de 2017


Notas

1 En el momento oportuno del recorrido expositivo, se hará la crítica pertinente a las nociones de «hombre» y «mujer» en relación a «varón» y «hembra». Por el momento, aunque sea de modo auxiliar, equipararemos el concepto «hombre» con «varón» y «mujer» con «hembra». 
2 Este texto se centrará en aquellas cuestiones que, creemos, dañan a mujeres y hombres en su manera de relacionarse en la cotidianeidad, en aquellos ámbitos que están fuera del foco de los medios. Aspectos como, por ejemplo, la denominada «violencia de género» implicarían otro tipo de investigación y de enfoque y no son el objetivo de estas páginas. Tampoco, por los mismos motivos, pretende lanzar hipótesis que estén más allá de la sociedad en la que vivimos en España; es decir, europea y occidental. 
3 Nos referimos a las siguientes ponencias, presentadas en distintas ediciones, en el marco de estas Jornadas: Docencia y feminidad, Algunas dificultades típicas de la mujer frente al conocimiento, Efectos del trauma ancestral silenciado y La (de)construcción de la mujer (Represión y permisividad)
4La creación del patriarcado, de Gerda Lerner. Editorial Cítica (1990), pág. 65. Para el desarrollo histórico que sigue, nos hemos basado en la obra de esta reconocida historiadora y, en concreto, en el libro La creación del patriarcado y en su continuación: The creation of feminist consciousness, publicado por Oxford University Press, en 1993. Lerner ha sido una de las mayores investigadoras del fenómeno del patriarcado y su mirada, muy abarcadora, introduce el «género» como parte esencial para entender su despliegue. 
5 Se refiere, enfatizamos, a que nunca hubo sociedades donde las mujeres subyugaran a los hombres, lo cual no significa que no existieran comunidades matrilineales o matrilocales, como veremos más adelante. 
6 Ibíd., pág. 84. 
7 Ibíd., pág. 85. 
8 «El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo. El hombre empuñó también las riendas en la casa; la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción».El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, de Friedrich Engels. Biblioteca Pensamiento Crítico (Público) (2010), pág. 82. 
9La creación del patriarcado, pág. 87. Teniendo en cuenta esta hipótesis, cabría preguntarse qué meta intereses se ocultan, aún hoy en día, en la idealización de la maternidad y en su visión como algo insoslayable para la mujer. ¿Estamos perpetuando con ello, sin ser conscientes, un sistema de dominación que se pierde en el origen de los tiempos? 
10 Ibíd., pág. 86. 
11 Ibíd., pág. 122. 
12 Ibíd., pág. 125. 
13 Ibíd., pág. 128. 
14 Ibíd., pág. 141. 
15 Ibíd., pág. 232. 
16Génesis, 3,16-19; el énfasis es del autor. 
17 «This is survival knowledge for the oppressed, who must maneuver in a world in which they are excluded from structured power and who must know how to manipulate those in power to gain maximum protection for themselves and their children». The creation of feminist consciusness, pág. 12. Quizás esta conjetura explique, en parte, la frase tan extendida (y manifiestamente falsa) de que, en realidad, son las mujeres las que mandan. Sería mejor apuntar que, quizás, han tenido que aprender a manipular mejor que los hombres, para sobrevivir. 
18 Los distintos modos de rebelión femenina hasta el siglo XIX están extensamente descritos en la obra The creation of feminist consciousness. 
19La creación del patriarcado, pág. 328. 
20El yo y el ello, (1923). AE, Vol. XIX, pág. 39. 
21 Y ello se ve en tantas pequeñas y aparentemente triviales acciones cotidianas que suceden a día de hoy, como la madre que se levanta a preparar el desayuno sólo para su hijo varón (ya bien crecidito), o las mujeres que se sienten en la obligación de pedir «colaboración» a sus parejas en las tareas que deberían ser indiscutiblemente repartidas. 
22 Por ejemplo, en lo afectivo, muchas mujeres siguen «enganchadas» a la fantasía del príncipe azul; o en lo sexual, mujeres presuntamente liberadas de tabúes sienten una tremenda culpa y angustia (inconscientes) ante la sensación de ser demasiado «accesibles». En lo referente a lo intelectual, cabe remitirse a una reflexión de la propia Lerner, que habla de una autopercepción de «inferioridad» femenina en cuanto a su capacidad de pensar: «Much more serious in its impact on female thought was the internalization by women of their inferiority, which made them uncertain or defensive as to their right to think», The creation of feminist consciousness, pág. 51. 
23Fuente. 
24Sobre la iniciación del tratamiento, en Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis: I, (1913). AE, Vol. XII, pág. 134. 
25 «La pulsión de autoafirmación intentará sacar partido de cada situación, el yo querrá sacar ventaja también de la condición de enfermo. En el psicoanálisis se llama a esto «ganancia secundaria de la enfermedad»». Esclarecimientos, aplicaciones, orientaciones, de la 34ª Conferencia de las Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, (1933 [1932]). AE, Vol. XXII, pág. 137. Un caso paradigmático de beneficio secundario de la enfermedad es la de aquellas personas aquejadas de una melancolía o depresión que se aferran a ella, a cambio de que los demás estén a su servicio. No parece, desde luego, lo mejor. Para nadie. 
26 La palabra «todos» no es gratuita. Además de la explotación laboral, económico-social y militar, las elites masculinas tuvieron, durante siglos, el privilegio de apropiarse hasta de lo más íntimo de los otros hombres: «sus» mujeres. Nos referimos al droit du seigneur feudal, donde el amo tenía el derecho de pasar la primera noche con las esposas de sus siervos, además de ser él quien tenía la potestad de permitir las uniones. 
27La creación del patriarcado, pág. 293. El énfasis del autor. 
28 Como Freud señala en la 28ª Conferencia, La terapia analítica, de las Conferencias de introducción al psicoanálisis, (1916-17). AE, Vol. XVI, pág. 416: mantener las represiones supone «un cierto gasto anímico» que debilita la potencia del psiquismo de la persona. Traslademos este mecanismo de la represión al escenario que se plantea y las consecuencias se antojan claramente indeseables. 
29 Este ejemplo se puede leer en la ponencia «Posiblemente, la mejor ponencia del mundo. La publicidad y sus estrategias de seducción», presentada en la edición de 2015 de estas Jornadas. 
30Fuente. El énfasis es del autor. 
31Fuente. 
32Fuente. 
33Fuente. El énfasis es del autor. En el momento de esta entrevista, Hillary Clinton se perfilaba como posible futura presidenta de Estados Unidos. En la misma entrevista, Nawal al Saadawi añade como la ex primera ministra británica, Margaret Thatcher, despojó a las mujeres de muchos derechos durante su mandato. 
34 Según Wikipedia, la vigorexia es un «trastorno mental» que afecta a hombres que se encuentran mayoritariamente entre los 18 y los 35 años de edad. 
35 El paroxismo de estas actitudes de cara a la galería fue el famoso «miembros y miembras» de la ex ministra Bibiana Aído. 
36Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos (1925). AE, Vol. XIX, pág. 276. 
37 «However it may have been used, psychoanalysis is not a recommendation for a patriarchal society, but an analysis of one. If we are interested in understanding and challenging the oppression of women, we cannot afford to neglect it», Psychoanalysis and feminism, Penguin Books (1974), Introduction. Buena parte de esta obra es una defensa de la obra freudiana en relación a las críticas que han hecho algunas autoras feministas. 
38La feminidad, 33ª Conferencia de las Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis (1933 [1932]). AE, Vol. XXII, pág. 121. 
39 «Es que las reacciones de los individuos de ambos sexos son mezcla de rasgos masculinos y femeninos», Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos, pág. 273. 
40La psicología de la mujer: Masoquismo femenino, de las Obras escogidas de Helene Deutsch, RBA (2006), pág. 252. 
41 Acerca del masoquismo femenino, Horney enfatiza que sólo se puede entender como una «síntesis» de dos series: las diferencias anatómicas y los condicionantes sociales. Feminine Psychology: The Problem of Feminine Masochism, Norton (1973), pág. 224. Esta ponencia no profundizará, en este punto, en la cuestión de la «envidia del pene» femenina, por limitaciones de espacio y porque es un asunto suficientemente abordado en las ponencias referidas al inicio. En todo caso, es interesante notar la contrapartida que, para Horney, existe en el varón respecto de la envidia del pene: la envidia de la maternidad. El varón, incapaz de engendrar vida, sobrecompensa esta falta por medio de «hacer» en el mundo (Feminine Psychology: The Flight from Womanhood, págs. 60-61). 
42Feminine Psychology, pág. 167. 
43 Esta frase se atribuye al Marqués de Vauvenargues, moralista francés del siglo xviii. 
44El malestar en la cultura, (1930 [1929]). AE, Vol. XXI, pág. 85. 
45Premisas y técnica de la interpretación, 6ª Conferencia de las Conferencias de introducción al psicoanálisis, (1915-16). AE, Vol. XV, pág. 98. 
46La creación del patriarcado, pág. 31. 

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